"Escribid con amor, con corazón, lo que os alcance, lo que os antoje. Que eso será bueno en el fondo, aunque la forma sea incorrecta; será apasionado, aunque a veces sea inexacto; agradará al lector, aunque rabie Garcilaso; no se parecerá a lo de nadie; pero; bueno o malo, será vuestro, nadie os lo disputará; entonces habrá prosa, habrá poesía, habrá defectos, habrá belleza." DOMINGO F. SARMIENTO



viernes, 17 de octubre de 2008

LA VIEJA FOTOGRAFIA

El hombre, de camisa blanca arremangada hasta los codos, acariciaba sus poblados bigotes frente al escritorio alumbrado, mortecinamente, por una lámpara de kerosén.
La pequeña se aproximó sigilosamente, esperando que su padre la sentara sobre sus rodillas. El fingía no darse cuenta de su presencia so pretexto de trabajar, ensimismado, sobre el libraco de contabilidad.
Posó sus blancas manitas sobre el borde de la tabla lustrada asomando apenas la nariz y los ojos vivaces que, como dos estrellas, refulgían bajo la luz del candil.
El la tomo de la cintura y la levantó bien alto con sus fuertes brazos bronceados por el sol del verano pasado.
-“Veamos Carolina si te gusta lo que escribí para “Teren”, tu caballo preferido” - Le dijo tiernamente, mientras la acomodaba sobre sus piernas.
Durante algunos minutos recitó aquellos versos, poniendo énfasis en cada línea, atrapando la atención de la niña que ni siquiera atinaba a pestañear.
-“Ahora vamos a cenar, mama y tus hermanos nos esperan y después... después a dormir porque mañana será otro día duro de trabajo para todos nosotros” - Le murmuro al oído con dulzura, poniéndose de pie con ella en brazos.
Obedientemente, se lavaron las manos y, uno a uno, se fueron distribuyendo en los largos bancos de madera, colocados a ambos lados de la mesa de la sala.
En un extremo tambien se sentaba Nicolás, el viejo peón sordo, llegado después de la Guerra.
Cuando todos hicieron silencio, el jefe de familia, junto sus manos y, con la cabeza gacha, bendijo la mesa y agradeció los alimentos que recibirían; todos respondieron “Amén” y después comieron con alegria.
Las niñas, ayudaron a su madre a levantar la mesa mientras Ángel, el mayor de los ninos, trataba de arrancar alguna melodía a su nuevo violín.
Pedro saco, de una caja de madera, un “Toscano” que encendió metódicamente luego de extraerle el "mozzicone"; siguió con la mirada la primer bocanada de humo azulado hasta que se desvaneció, luego bajo sus ojos e inquirió al viejo Nicolás:
-“Como están los animales que separamos esta mañana?”
-“Muy enfermos, algunos ya ni se pueden levantar”
- Respondió el peon lacónicamente.
-“Mañana temprano iremos a verlos...ahora ve a descansar” - Dijo dando por concluida la conversación.
La mañana siguiente de abril, ambos salieron a caballo muy temprano hacia el potrero norte. Lo que allí vieron no podía ser mas desalentador, animales muertos o agonizantes por doquier.
Desmontaron junto a la primera bestia que yacía, hinchada, con las patas hacia el cielo. Pedro hurgó en su boca, buscando afanosamente alguna señal de la enfermedad mortal.
Ni se percato de la pequeña herida en su mano derecha. Una a una, continuó revisando las demás hasta que, apesadumbrado, volvió a montar.
El silencio se “cortaba con cuchillo” cuando pasaron, al galope corto, frente a la casa y al cementerio. Todo se había perdido en poco tiempo...
En la Colonia ya todos comentaban que la peste que diezmaba los animales de la comarca, era el tan temido “Carbunclo”.
Pocos días después, Pedro se sintió mal y la fiebre comenzó a consumirlo rápidamente a pesar de los esfuerzos del medico por bajar la temperatura de su cuerpo.
Maria y los niños se turnaban, sin descanso, en poner paños fríos sobre su frente y hervir continuamente la ropa contaminada.
-“Amigo mío, te pido que los ayudes en todo, no quiero que les falte nada..., María no podrá sola con todo y los chicos” - Rogó a José, su amigo y maestro de escuela.
-“De lo que de mí dependa haré todo lo posible para que nada les falte” - Respondió con voz entrecortada.
Quien había sido Jefe de la Comuna de Las Rosas por dos veces, murió de “septicemia carbunclosa” a las 11 horas del día 8 de Mayo de 1929. Tenía solo 44 años de edad.
El cortejo fúnebre llegaría pronto al cementerio cercano. María caminaba junto a sus hijos detrás del féretro que cargaban su hermano Juan, el peón sordo, varios parientes y amigos. Todo el pueblo se encolumnó tras ellos, en silencio.
Después de sus hermanos, Carolina dejo una flor sobre la tumba baja, alineada junto a otras, en los confines mismos del cementerio y se alejó a la carrera.
Un día del verano siguiente, guardó un papel manuscrito y una foto, tomada del cajón de la cómoda de su madre, en una cajita de metal que envolvió, cuidadosamente, en un retazo de gruesa tela. Después desapareció en el paraisal vecino al excusado.
Horas más tarde vinieron a buscarla. Aquella pareja se ocuparía de cuidarla y educarla, según dijeron, para “ayudar a su madre, viuda y con tantos chicos de criar”.
-“Me la manda a la escuela y... no se me vaya a olvidar, quiero verla de tanto en tanto” - Le recomendó Maria.
-“Pierda usted cuidado,...será tratada como la hija que no tenemos” - Respondió la gentil y elegante esposa del comisario.
Detrás de ellos se cerraron las puertas del automóvil negro que recorrió, entre la doble hilera de jóvenes eucaliptos, el centenar de metros que separaban la casa del camino; traspuso la tranquera abierta, dobló a la derecha y se perdió en una nube de polvo por la calle del cementerio.

70 años después…

Apenas giramos hacia el norte, por la calle regada recientemente, pudimos ver una inconfundible silueta de cruces y “casuarinas”: El camposanto.
Bordeado de un alto murallón encalado, aparecía triste y silencioso en la tarde que se apagaba lentamente.
Nos detuvimos frente a la reja despintada del portal que daba al sendero principal bordeado de monumentales panteones recubiertos de oxido y verdín. Al fondo, una hilera de tumbas blancas y el horizonte infinito del campo sediento.
Carolina dejo una flor sobre la tumba baja, alineada junto a otras en los confines mismos del cementerio y se alejó despaciosamente.
El blanco muro se unía al descampado varias decenas de metros más allá. A la izquierda, una tranquera abierta y un corredor, de añosos eucaliptos, llegaba hasta la casa.
A la distancia todo parecía desierto. Solo algunas vacas y terneros en el corral, junto al tambo. Golpear las manos habría sido inútil, por ello decidimos entrar, lentamente, por ese “zaguán” de techo cribado y piso alfombrado de crocante hojarasca.
Las fragancias inconfundibles del campo, nos llegaron inmediatamente; el canto de las calandrias y el estridente chillido de las cotorras alborotadas, nos acompañaron hasta el casco.
El sol del ocaso nos daba de lleno en los ojos fusionando, increíblemente, los colores de la tarde en un calidoscopio primaveral.
Perros curiosos y alertas, salieron a nuestro encuentro. Sus ladridos bastaron para que apareciese un joven en ropas de trabajo.
Su grito, tranquilizó a los canes de inmediato, entonces, nos dirigimos hacia él saludando a viva voz mientras buscábamos la sombra proyectada por la casa.
-“Buenas tardes señor, venimos desde lejos..., es usted el dueño?”
-“El patrón es mi papá, ya se lo llamo”.
Giro sobre los tacos de sus botas embarradas y, con paso cancino, fue hacia el hombre que montaba un “tostado” y arreaba las vacas hacia el tambo.
Lo vimos intercambiar algunas palabras con el joven y apearse, sacudiéndose el polvo de su ropa, antes de venir a nuestro encuentro.
Apenas pasaría los cuarenta, era rubio, de ojos claros y tez blanca, con los pómulos muy enrojecidos por el sol.
-“Encantado, Affaticati” - Se presentó, extendiendo su mano curtida.
-“Carolina, mi madre...ella es mi tía Enriqueta...mi prima Elena y Ana, mi esposa...queríamos ver la casa y pensamos que tal vez usted sería tan amable de permitirnos entrar solo un momento...” - Le dije, anhelando que me diese su aprobación.
-“Faltaba mas, aunque ya la casa no esta en venta...la compramos hace poco y nos gusta mucho vivir acá” - Contestó sonriendo.
Desde el otro lado de la casa apareció una mujer de baja estatura, joven como él junto a un pequeño niño que la tomaba fuertemente de la mano.
-“Ah...ella es la “patrona”...con mi hijo menor” - Dijo Affaticati, señalando a su mujer, cuyo rostro denotaba sorpresa y curiosidad.
-“Esta gente quiere ver la casa” - Explicó, mientras ella se acercaba a saludar.
-“Pasen, pero por favor...no se fijen en el desorden, es domingo y no tuve tiempo de acomodar nada”. Entramos detrás de ellos, por donde ella había salido momentos antes. Entre flores y frutales, llegamos a la galería que daba al patio trasero, cercado con alambre tejido.
Desde allí se podía ver todo el campo, donde pastaban algunos animales y el sol caía como cada tarde de cada día.
-“Acá estaba el pozo con brocal que tuvimos que sacar pues el agua estaba contaminada... por lo que tiraban dentro los anteriores propietarios” - Comentó el hombre, señalando el piso de cemento recién hecho.
-“La cocina parece haber estado siempre en este lugar...y nosotros edificamos ese baño instalado... junto al dormitorio trasero..., después demolimos el viejo excusado que estaba allá...entre aquellos paraísos” - Aclaró, mientras caminaba hacia el interior de la galería.
-“Por aquí se pasa a la sala principal y a los dormitorios del frente, vengan por favor”.
Seguimos a nuestro “cicerone” atravesando puertas con marcos tipo “cajón” y hojas dobles. Era sorprendente el buen estado del techo, armado con alfajías y ladrillos y sostenido por grandes vigas de pino de Thea.
Tocamos aquellos muros, de 45 centímetros de espesor, revocados y pintados a la cal. El piso, otrora de ladrillos, yacía cubierto por un estucado de cemento que, al brillar, dejaba ver las ondulaciones de la imperfecta mano de obra.
Por la puerta principal de la sala retornamos a la explanada. La sombra del edificio, de una sola planta, ya casi llegaba hasta los eucaliptos más cercanos.
-“Ese galpón se construyó al mismo tiempo que la casa, estoy seguro, por los ladrillos y el portón de chapa parece haber servido para el guardado de las maquinas y herramientas de quienes la construyeron” - Señaló.
Desde la explanada se tenía una panorámica del conjunto edilicio, particularmente del frente italiano de la casa: clásico orden tripartito construido en ladrillo y barro sin revocar, eso si blanqueado..., intacto. Tres paños de pared separados, a intervalos regulares, por cuatro pilastras “apoyadas” sobre un zócalo saliente que “sostenian” el coronamiento de cornisas y molduras.
Simple, hermoso.
En el entrepaño central, la puerta de entrada y, sobre ella, un corazón esculpido en el ladrillo crudo. Una ventana a cada lado, recientemente enrejadas, con dinteles en arcos rebajados, llegaban hasta el zócalo coloreado de amaranto.
-“Le estoy muy agradecido amigo...no sabe lo que usted ha hecho por todos nosotros” - Le dije, tratando de disimular la emoción que anudaba mi garganta.
Los ojos azules del hombre rubio se abrieron enormemente al ver las lágrimas que surcaban el rostro de las mujeres mayores. Se apuró a responder.
-“Por favor... nosotros no hemos hecho nada...apenas llegaron y ya se van..”
-“No... no..., usted no sabe... ella y yo nacimos acá mismo, hace mas de 80 años. Nuestro padre levanto la casa, el galpón y todo lo otro con sus propias manos...hasta los ladrillos fabricó el mismo...ahora descansa allá enfrente...”
- Balbuceó tía Enriqueta, señalando el cementerio, con mano temblorosa.
Como alcanzado por un rayo, el hombre quedo en silencio un instante, apenas se repuso reingresó a la casa. Cuando reapareció, traía entre sus manos una pequeña caja oxidada que ofreció a la mujer mayor que todavía enjugaba las lágrimas con su pañuelo.
-“Saben, la encontramos bajo un paraíso...al demoler el excusado...tiene todavía algunos papeles dentro. La guardamos sin saber...tal vez les pertenezca...”
Desde la vieja foto, manchada y descolorida, el hombre de traje negro con bigotes abundantes y mirada clara, nos observaba con ternura.
-“Es papá...” - dijo a su hermana menor y agregó - “y yo misma enterré esta cajita aquel día...pensé que pronto volvería a buscarla pero no fue así...ya casi me había olvidado de ella...después de tantos años...” - Sollozó desdoblando el papel amarillento, manuscrito, que me pidió que leyera.
No sin cierta dificultad, por el desvanecimiento de la tinta, recité aquellos versos poniendo todo el enfasis que pude:

“Teren”
Vuela, vuela, amigo mío,
Con el viento, vuela y va,
Hacia el sol y el horizonte
Tan inmenso, como el mar.
Vuela, vuela, caballito,
Que volar me hace soñar
un corcel de las cruzadas
Bello y bravo, sin igual.
Vuela, vuela, amigo mío,
Crin al viento, vuela y va,
Noble y fiel como ninguno
laborioso sin igual.
Tu nombre me recuerda
Con nostalgia el pueblo aquel
Entre ríos, al pie del monte,
de pequeño abandoné.

El hombre rubio tomó de los hombros a su esposa, que aun tenia al niño fuertemente de la mano, y saludo la partida del automóvil hasta que desapareció por el camino polvoriento del cementerio vecino.

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