"Escribid con amor, con corazón, lo que os alcance, lo que os antoje. Que eso será bueno en el fondo, aunque la forma sea incorrecta; será apasionado, aunque a veces sea inexacto; agradará al lector, aunque rabie Garcilaso; no se parecerá a lo de nadie; pero; bueno o malo, será vuestro, nadie os lo disputará; entonces habrá prosa, habrá poesía, habrá defectos, habrá belleza." DOMINGO F. SARMIENTO



sábado, 29 de octubre de 2016

“CARETAJE”

Por Jorge Alberto Garrappa


Dicen que la ciudad es la casa de la comunidad.
La casa común de todos.
Y la careta, es una máscara.
Por lo tanto, falsa.
Oculta el verdadero rostro.
Las personas se liberan detrás de sus mascaras.
Como en un patetico carnaval.
El caretaje es un colectivo social tipicamente argento.
Por ende, también urbano.
Muchos vivimos en urbes venidas a mas.
Ciudades careta.
Allí se dice al otro lo que este quiere oír.
Especialmente si, el otro, tiene algún tipo de poder.
Guay de decir la verdad.
De frente y con franqueza.
Antes se preferirá el silencio hipócrita.
La verdad se reservará solo a círculos muy íntimos.
De familia o de amigos.
De esa trastienda, la verdad saldrá enmascarada.
Convertida en rumor.
Detrás de una careta.
Cuanto más deformada y exagerada, mejor.
La deplorable máscara de una cobarde catarsis.
Esa careta puede escondernos a todos.
De todos los demás enmascarados.
Así nadie debe hacerse cargo de esa verdad.
Quien la piensa y la dice, será condenado a la cruz.
Antes o después, irremediablemente.
Y sobre el podrán caer duros castigos.
La venganza o, el peor de todos, el ostracismo.
Solo por decir su verdad que es de muchos otros.
Pero que ellos jamás dirán.
Resabios porfiados de pueblo chico.
Y de hombres pequeños.

lunes, 20 de junio de 2016

GARRAPPA TRA LE CASATE NOBILIARI DI MONOPOLI


BREVE PRESENTAZIONE DELLE CASATE NOBILIARI  IN MONOPOLI

Le casate di famiglie che nel passato di Monopoli godettero gli agi e i fastigi della nobiltà, erano uno “strato” a sé stante, separato cioè dal resto della popolazione.   Esse erano ricche di terre, di immobili e di prestigio, e conservarono per secoli il ruolo primario avuto in sorte con la nascita e conservato anche con vincoli di parentela che i matrimoni consentivano di allacciare. Una fitta rete di “consanguinei” e affinità, quasi a protezione e difesa.   Nobiltà che ebbe un ruolo nella storia civile della città, in quanto per esempio, furono prestati migliaia di ducati (senza mai ritornare) all’Università, da parte degli Indelli, Palmieri, Ammazzalorsa, i Galderisi, i Manfredi, i Garrappa, i Carbonelli ed altri) o che tentavano di aggregarsi, fenomeno comune in tutte le città con separazione di ceti, le famiglia della seconda piazza: dottori di medicina e di legge, notai o ricchi mercanti.   Insieme, questi due ceti hanno dato a Monopoli uomini “illustri” : uomini di lettere, di medicina, di legge, di chiesa o d’arme. In buona parte provenivano dal seminario di Monopoli, nel quale si sentivano chiamare i nomi dei giovani Indelli, Palmieri, Acquaviva, Garrappa, Pirrelli, Romanelli, Accinni, Farnararo, Taveri, Antonelli, Affatati..che studiavano grammatica, scienze, legge civile e canonica, filosofia, teologia…   Alcuni completarono il ciclo degli studi e alcuni si “graduarono” a Napoli o Roma. Altri invece studiarono fuori Monopoli, come due Affatati nel collegio di Francavilla o alcuni figli, nobili, di Carbonelli e Manfredi nel seminario di Matera. Altri invece presero lezioni in casa, come Muzio Sforza.    Sicuramente Monopoli deve molto alla famiglia Palmieri, poiché anche l’abbellimento della città con palazzi, chiese e cappelle, ville e masserie lo si deve proprio a questa nobile e prestigiosa famiglia.   Altre famiglie e altri nobili hanno altresì contribuito, in quanto ritroviamo nel territorio monopolitano masserie, (Conchia, Caramanna, Ciminiera, Cavallerizza e tante altre), altri edifici, palazzi, proprietà terriere.. Elemento tipico del territorio monopolitano, le masserie, furono dotate di   chiesette private; le 2 stesse masserie e le ville furono “abbellite” con piccoli giardini di agrumi, “frutti bianchi”, mandorleti, oltre che a dotarli di pozzi, palmenti, ed aie per il grano.    

Notizie tratte da: - Pirrelli Michele, “Monopoli Illustre. Casate e Cognomi Monopolitani” Vol I  ‐ Vol II , Italia Grafica, 1998; - C.R.S.E.C “ Tra i muri della Storia  Materiali per un viaggio nel cuore di Monopoli” Regione Puglia, Assessorato alla Pubblica Istruzione ‐ Quadernetti d’identità territoriale   n° 05, 2002.   
Ricerca effettuata da Angela Marasciulo. Servizio Civile 2012 . Comune di Monopoli. «Progetto Espressioni d'identità» 16 Aprile 2013

sábado, 30 de abril de 2016

domingo, 10 de abril de 2016

EL ULTIMO GOLPE MILITAR: CAUSAS Y CONSECUENCIAS

Por Marcos Novaro

Es un hecho indiscutido que el golpe de 1976 fue, igual que todos los precedentes, muy poco resistido por los civiles. La mayoría de ellos se había resignado a él desde tiempo antes. Y muchos, a izquierda y derecha, por razones opuestas pero complementarias, hicieron más que eso: le dieron una entusiasta bienvenida, esperando que la ordalía de violencia que le seguiría resolviera los problemas que se arrastraban desde hacía décadas, y que los golpes anteriores no habían resuelto: el conflicto permanente entre república y populismo, las pujas distributivas y el manejo faccioso del estado que volvían crónicamente inestable la vida económica, la tendencia de los actores a desconocer la legitimidad de sus antagonistas.
Ya entonces se pensó que él debía ser el golpe del final, el último: allí donde los anteriores habían fallado aplicaría remedios el doble de drásticos. Pero si finalmente lo fue no se debió a que nada de eso funcionara, claro, sino a que condujo al poder militar a autodestruirse. Y a los demás a convencerse de que nunca más debían considerarlo una solución.
Sin embargo, y llamativamente, los problemas recién listados siguen siendo en gran medida los mismos que nos agobian. ¿No aprendimos nada más que el antimilitarismo del fracaso de nuestros militares? Peor aun: pareciera que considerarlo el “fracaso de ellos” nos libró alegremente de la posibilidad de aprender ninguna otra cosa.
No es casual que nos topemos con objeciones y obstáculos al tratar de encarar este asunto. Primero, porque cualquier argumento que no se enfoque en los militares es objetado como una aviesa relativización de sus responsabilidades. Segundo, porque cuando se acepta considerar el papel de otros actores es sólo como “partícipes de los designios demoníacos” de aquellos, y ajenos al noble sentir de las mayorías. Y tercero y tal vez lo más importante porque se tiende a creer que si buscamos explicar las causas del golpe del `76 y sus violentas secuelas, más allá de las motivaciones de sus perpetradores, corremos el riesgo de dificultar un juicio lapidario hacia ellos.
Para empezar, explicar no es justificar. Si alguien comete un acto aberrante es responsable de él aunque lo haya realizado en circunstancias por las que ese acto pudo parecer, tanto a él como a otros, “normal” o “justificado”. El golpe de 1976 fue “un golpe más” para generaciones de argentinos que habían vivido varios otros en los años previos; del mismo modo que las muertes violentas que le siguieron parecieron a muchos aceptables en parte debido a la multitud de muertes que las habían precedido; pero explicar ambas circunstancias e incluirlas en una lista de causas no quita ni un ápice de responsabilidad a los perpetradores; sirve sí en cambio para ayudar a entender cómo fue que ellos y muchos de sus coetáneos llegaron a tal extremo desprecio por la vida y la vigencia del derecho.
También es cierto que los actos varían en cuanto a su “responsabilidad histórica”: en algunos pesan más los efectos que las causas, y en otros sucede lo contrario; y del golpe de 1976 sería razonable pensar lo primero. Pero ese juicio depende siempre de estimaciones contrafácticas difíciles de argumentar y demostrar: ¿cuánto mejor hubiera salido todo si ese hecho no se producía?
Por caso: es más o menos convincente la idea de que “si el golpe no tenía lugar”, “la política civil podía haber detenido la espiral de violencia”. No tenía muchas chances, pero tenía algunas, y eso es mejor que nada. Aunque también habría que reconocer entonces la chance que existía de que el escenario se agravara por otras vías: ¿no era factible acaso que se pasara a una guerra civil abierta y desatada?, ¿cómo calcular los muertos de esa eventualidad? Se suele decir que esta posibilidad no existía porque la guerrilla estaba política y militarmente derrotada a fines de 1975. Lo que es cierto. Pero lamentablemente también lo es que existía mucha gente voluntariosamente inclinada a ignorar ese hecho. Y a actuar en consecuencia. El cálculo de Mario Firmenich, “perderemos varios miles de combatientes, pero los remplazaremos sin problemas”, no era del todo errado. Así que en ese momento era difícil saber. ¿Lo es todavía hoy?
El relato hasta hace poco gubernamental, y que salvo que se haga algo para remediarlo seguirá siendo el oficial en buena parte de nuestro sistema educativo y para amplios sectores de la sociedad, ignora estas complejidades y postula que ese día habría tenido inicio el terrorismo de estado. Él golpe habría sido solo “causa de”, para nada “consecuencia”. Salvo en lo que respecta a considerarlo consecuencia de una voluntad malévola a su vez incausada, manifestación de un único y real demonio: un fantasmal plan “oligárquico-castrense-derechista-imperialista” orientado a destruir la democracia argentina y liquidar los sueños de justicia de una generación de jóvenes maravillosos y sus sufridos contemporáneos.
Lo sucedido ese 24 de marzo y lo que siguió merece una explicación mejor. Que, para empezar, se atenga más fielmente a los hechos de sangre que tanto repudio generan: por caso, al millar de desapariciones previas al golpe, y a los cientos de muertes provocadas tanto por escuadrones paraestatales como por guerrillas revolucionarias en años anteriores; en una escalada de violencia que convenció a la enorme mayoría de los argentinos, como dijimos al comienzo, de que habían llegado al fondo del infierno, no podían estar peor que en ese otoño del ´76, y cualquier intervención que cambiara el estado de cosas, y un golpe militar era la posibilidad más a mano, iba entonces a ser para mejor.
Ilusión a la postre de nefastas consecuencias que ha sido utilizada por el relato oficial no para explicar el golpe como “consecuencia de”, sino para manipular aún más causas y efectos, ampliando el campo del “demonio golpista”: nos quiso convencer así de que merecerían condena todos los que con más o menos desesperación, o frustración o expectativa creyeron que el golpe era al menos una salida para un estado de cosas que les parecía insoportable. Y no tanto quienes contribuyeron a volverlo insoportable creyendo que así lograrían sus sueños, cualesquiera fueran. Como si fuera más imperdonable el error de juicio de una Mirtha Legrand que el de un Horacio Verbitsky. Como si mereciera una más dura condena moral, histórica y hasta judicial la actitud de empresarios aterrados por los secuestros, como Juan y Jorge Born, que las de los organizadores de esos secuestros, como Firmenich, o Paco Urondo, o Rodolfo Walsh.
¿Por qué esta visión sesgada y en muchos aspectos llanamente falaz de la historia del golpe del 76 funciona tan bien? Una primera explicación destaca el uso abusivo del estado como maquinaria de difusión de este relato: él ha sido inoculado durante 12 años con gran dispendio de recursos, a través de distintos canales con un mensaje simple y convergente, potenciando el efecto simplificador y reduccionista perseguido, así que no debería llamar la atención que se haya vuelto casi hegemónico.
También gravita el hecho de que la mirada estilizada de buenos y malos condimentada de una buena dosis de decadentismo achacado al intervencionismo militar sirve bien a las autocomplacientes conciencias de una gran variedad de actores de la política y la sociedad, que tampoco quieren saber nada de causas y consecuencias, prefieren justificar en románticas rebeldías y catástrofes del pasado un presente de otro modo más difícil de hacer pasar por bueno.
Así se entiende que los miembros de La Cámpora apelaran a una historia tachonada de heroicos sufrimientos, que aunque ellos no vivieron en carne propia pretendían “llevar en la sangre”, para velar y volver más digerible una actualidad hecha de abusos de poder, despropósitos de todo tipo o liso y llano latrocinio.
En tanto a mucho más amplios grupos sociales, en lo que resulta un fenómeno más preocupante tanto por lo extendido como por lo perdurable, esa misma memoria hecha en partes iguales de heroísmo y catástrofes, de cuyas consecuencias por tanto no tienen por qué hacerse responsables, les sirve para justificar, bajo una pátina de pretendidas rebeldía y conciencia histórica colectivas, inconfesables inclinaciones al conformismo y el ventajismo: “¿qué querés que haga?, a este país lo destruyeron los milicos, los oligarcas, el imperialismo yanqui, déjame vivir en paz de los pedazos”. Si quien lo dice luce una remera del Che y te hace la “v” con los dedos índice y mayor, mejor todavía. Nada más conveniente que pintar con la estética de la Victoria y los Sueños Compartidos lo que no es más que una ética de la derrota y la frustración dirigida a justificar el más crudo individualismo. Para todo eso está bueno evocar el golpe, lograr que la dictadura esté siempre presente en las mentes y los discursos, no está bueno explicarla.
Finalmente, otro motivo es la debilidad o franca ausencia de relatos alternativos. Ellos existieron, y en ciertos momentos llegaron a tener aceptación. Pero cayeron en desgracia junto a los proyectos políticos que los promovieran.
Tanto el alfonsinismo como el menemismo ofrecieron miradas más ricas sobre la dictadura que la de los K. Alfonsín, por sobre todo, porque desde un principio buscó desarmar la polarización que tan recurrentemente había contaminado la política nacional hasta entonces, para fortalecer la convivencia bajo reglas comunes. Esa más que la supuesta homologación de crímenes de estado con atentados guerrilleros fue la intención detrás de la orden de impugnar e investigar a los responsables de unos y otros. En lo que luego se degradó bajo el sayo de los “dos demonios”. Pero incluso Menem quien, aunque para justificar los indultos y enfocado más en el golpe del ´55 que en el del ´76, se esmeró en destacar que ellos habían tenido lugar cuando ya los civiles, en particular sus propios compañeros de partido, habían hecho hasta lo inimaginable para volver invivible el orden constitucional. A su manera, ambos compartieron la idea de que someter a crítica lo que el militarismo había causado a la vida política desde 1930 requería una visión más amplia sobre lo que los argentinos en general habíamos estado haciendo con ella, y en alguna medida seguíamos haciendo aunque el militarismo se volviera cosa del pasado.
A los argentinos nos cuesta aprender, es evidente. Y encima a veces logramos hasta desaprender. Es lo que ha sucedido con las memorias del ´76: logramos casi olvidar lo poco sensato que alguna vez llegamos a entender de nuestro pasado más problemático, y sólo nos queda de él un puñado de datos confusos, 9000 o 30000, lesa humanidad o “solo” violencia política, discusiones en las que se cultiva la sordera. Y un feriado. Un día de la memoria que hasta aquí es sólo un monumento a la desmemoria.
No volveremos a padecer nada semejante al ´76. Ese seguirá siendo el último golpe. Pero no porque hayamos aprendido las lecciones que él nos dejó.

sábado, 19 de marzo de 2016

EL "18 BRUMARIO" DE AMERICA LATINA

Por Jorge Alberto Garrappa

El ejercicio de leer un mismo texto dos veces, a años de distancia una de otra, es sorprendentemente  esclarecedor.
Me sucedió recientemente con “El 18 brumario de Luis Bonaparte”, escrito en 1851 por Karl Marx.
La primera lectura fue allá por los ’70, siendo estudiante de la Universidad Nacional de Córdoba.
En aquel tiempo quería saber que pensaba este filosofo alemán que tanto atraía a muchos jóvenes estudiantes de todas partes del mundo, incluida la Argentina.
Los recientes avatares políticos de nuestro país y casi toda América Latina, actuaron como un gatillo para desempolvar este texto y releerlo a la luz de la experiencia madurada con los años.
Pensaba que las analogías históricas, que estaba buscando, las encontraría en este texto que describe la realidad política y social de la Francia del siglo XIX.
Por que tenia esta presunción?
Porque el propio autor supo acuñar una frase que siempre me pareció genial y muy apropiada: la historia ocurre dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa.
En efecto, me tome el trabajo de resumir este texto buscando seleccionar cada fragmento en relación directa con los procesos políticos populistas desarrollados en Sudamérica durante los últimos 20 años. 
Decidí no emitir opinión sobre tópicos que Marx disecciona muy prolijamente, preferí en cambio que, cada uno de mis lectores, saque sus propias conclusiones. 
Solo dos aclaraciones preliminares: Luis Napoleón llegaba al poder en Francia por abrumadora mayoría en las elecciones celebradas el 10 de diciembre 1848, con 5.500.000 votos sobre los 7.400.000 registrados (alrededor del 75%).
El lumpen-proletariado -que lo vota- es la clase social que no posee medios de producción ni fuerza de trabajo -no ejerce como tal- y obtiene la parte de la riqueza social que dispone a partir de la caridad, del robo y de ciertos recursos que las otras clases sociales dejan de poseer por considerarlos desechos. A partir de la clásica definición marxista, la RAE define al al lumpen-proletariado como la capa social mas baja y sin conciencia de clase".

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El 18 Brumario de Luis Bonaparte

“…
Sociedad del 10 de Diciembre. Esta sociedad data del año 1849. Bajo el pretexto de crear una sociedad de beneficencia, se organizó al lumpen-proletariado de París en secciones secretas, cada una de ellas dirigida por agentes bonapartistas y un general bonapartista a la cabeza de todas.
Junto a roués arruinados, con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos; en una palabra, toda esa masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème; con estos elementos, tan afines a él, formó Bonaparte la solera de la Sociedad del 10 de Diciembre, “Sociedad de beneficencia“ en cuanto que todos sus componentes sentían, al igual que Bonaparte, la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora.
Este Bonaparte, que se erige en jefe del lumpen-proletariado, que sólo en éste encuentra reproducidos en masa los intereses, que él personalmente persigue, que reconoce en esta hez, desecho y escoria de todas las clases, la única clase en la que puede apoyarse sin reservas, es el auténtico Bonaparte, el Bonaparte sans phrase. Viejo roué ladino, concibe la vida histórica de los pueblos y los grandes actos de Gobierno y de Estado como una comedia, en el sentido más vulgar de la palabra, como una mascarada, en que los grandes disfraces y las frases y gestos no son más que la careta para ocultar lo más mezquino y miserable.
Lo que para los obreros socialistas habían sido los talleres nacionales y para los republicanos burgueses los gardes mobiles, era para Bonaparte la Sociedad del 10 de Diciembre: la fuerza combativa de partido propia de él.
Las secciones de esa sociedad, enviadas por grupos a las estaciones, debían improvisarle en sus viajes un público, representar el entusiasmo popular, gritar Vive l'Empereur!, insultar y apalear a los republicanos, naturalmente bajo la protección de la policía. En sus viajes de regreso a París, debían formar la vanguardia, adelantarse a las contramanifestaciones o dispersarlas. La Sociedad del 10 del Diciembre le pertenecía a él, era su obra, su idea más privativa. Todo lo demás de que se apropia se lo da la fuerza de las circunstancias, en todos sus hechos actúan por él las circunstancias o se limita a copiarlo de los hechos de otros; pero el Bonaparte que se presenta en público, ante los ciudadanos, con las frases oficiales del orden, la religión, la familia, la propiedad, y detrás de él la sociedad secreta de los Schufterle y los Spiegelberg, la sociedad del desorden, la prostitución y el robo, es el propio Bonaparte como autor original, y la historia de la Sociedad del 10 de Diciembre es su propia historia.
La Sociedad del 10 de Diciembre había de seguir siendo el ejército privado de Bonaparte mientras éste no consiguiese convertir el ejército público en una Sociedad del 10 de Diciembre. Bonaparte hizo la primera tentativa encaminada a esto poco después de suspenderse las sesiones de la Asamblea Nacional, y la hizo con el dinero que acababa de arrancarle a ésta.
“Francia exige ante todo tranquilidad“. Es decir Bonaparte exigía que se le dejase hacer tranquilamente lo que quería, y el partido parlamentario sentíase paralizado por un doble temor: por el temor de provocar la agitación revolucionaria y por el temor de aparecer como el perturbador de la tranquilidad a los ojos de su propia clase, a los ojos de la burguesía. Por tanto que Francia exigía ante todo tranquilidad, el partido del orden no se atrevió, después de que Bonaparte, en su mensaje, había hablado de “paz“, a contestar con “guerra“.
Bonaparte y consortes no se contentaron con embolsarse una parte del remanente
de los siete millones que quedaba después de cubrir el valor de las barras sorteadas, sino que fabricaron diez, quince y hasta veinte billetes falsos del mismo número. ¡Operaciones financieras en el espíritu de la Sociedad del 10 de Diciembre! Aquí la Asamblea Nacional no tenía enfrente al ficticio presidente de la República, sino al Bonaparte de carne y hueso.
Bonaparte, que precisamente como bohémien, como lumpen-proletario principesco, le llevaba al truhán burgués la ventaja de que podía librar la lucha con medios rastreros, vio ahora, después de que la propia Asamblea le había ayudado a cruzar, llevándole de la mano, el suelo resbaladizo de los banquetes militares, de las revistas, de la Sociedad del 10 de Diciembre y, por último, del Code pénal, llegado el momento en que podía pasar de la aparente defensiva a la ofensiva.
El 18 Brumario, Napoleón, con menos talla que su modelo, se trasladó, a pesar de todo, al Cuerpo Legislativo y le leyó, aunque con voz entrecortada, su sentencia de muerte. El segundo Bonaparte, que por lo demás se hallaba en posesión de
un poder ejecutivo muy distinto del de Cromwell o Napoleón, no fue a buscar su modelo en los anales de la historia universal, sino en los anales de la Sociedad del 10 de Diciembre, en los anales de la jurisprudencia criminal. Roba al Banco de Francia 25 millones de francos, compra al general Magnan por un millón y a los soldados por 15 francos cada uno y por aguardiente, se reúne a escondidas por la noche con sus cómplices, como un ladrón, manda asaltar las casas de los parlamentarios más peligrosos, sacándolos de sus camas y llevándose a Cavaignac, Lamoriciére, Le Flô, Changarnier, Charras, Thiers, Baze y otros, manda ocupar las plazas principales de París y el edificio del Parlamento con tropas y pegar, al amanecer, en todos los muros, carteles estridentes proclamando
la disolución de la Asamblea Nacional y del Consejo de Estado, la restauración del sufragio universal y la declaración del departamento del Sena en estado de sitio.
La burguesía francesa, que se rebelaba contra la dominación del proletariado trabajador, encumbró en el poder al lumpemproletariado, con el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre a la cabeza.
La burguesía mantenía a Francia bajo el miedo constante a los futuros espantos de la anarquía roja; Bonaparte descontó este porvenir cuando el 4 de diciembre hizo que el ejército del orden animado por el aguardiente, disparase contra los distinguidos burgueses del Boulevard Montmartre y del Boulevard des Italiens,
que estaban asomados a las ventanas. La burguesía hizo las apoteosis del sable, y el sable manda sobre ella. Aniquiló la prensa revolucionaria, y ve aniquilada su propia prensa. Sometió las asambleas populares a la vigilancia de la policía; sus salones se hallan bajo la vigilancia de la policía.
Es bajo el segundo Bonaparte cuando el Estado parece haber adquirido una completa autonomía. La máquina del Estado se haconsolidado ya de tal modo frente a la sociedad burguesa, que basta con que se halle a su frente el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre, un caballero de industria venido de fuera y elevado sobre el pavés por una soldadesca embriagada, a la que compró con aguardiente y salchichón y a la que tiene que arrojar constantemente salchichón.
Pero entiéndase bien. La dinastía de Bonaparte no representa al campesino revolucionario, sino al campesino conservador; no representa al campesino que pugna por salir de su condición social de vida, la parcela, sino al que, por el contrario, quiere consolidarla…
Los impuestos son la fuente de vida de la burocracia, del ejército, de los curas y de la corte; en una palabra, de todo el aparato del poder ejecutivo. Un gobierno fuerte e impuestos elevados son cosas idénticas.
Crea un nivel igual de relaciones y de personas en toda la faz del país. Ofrece también, por tanto, la posibilidad de influir por igual sobre todos los puntos de esta masa igual desde un centro supremo. Destruye los grados intermedios aristocráticos entre la masa del pueblo y el poder del Estado. Provoca, por tanto, desde todos los lados, la injerencia directa de este poder estatal y la interposición de sus órganos inmediatos. Y finalmente, crea una superpoblación parada que no encuentra cabida ni en el campo ni en las ciudades y que, por tanto, echa mano de los cargos públicos como de una respetable limosna, provocando la creación de cargos del Estado.
La burguesía francesa exclamó también, después del coup d'état: ¡Sólo el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre puede ya salvar a la sociedad burguesa! ¡Sólo el robo puede salvar a la propiedad, el perjurio a la religión, el bastardismo a la familia y el desorden al orden!
Se afirma, por tanto, como adversario de la fuerza política y literaria de la clase media. Pero, al proteger su fuerza material, engendra de nuevo su fuerza política. Se trata, por tanto, de mantener viva la causa, pero de suprimir el efecto allí donde éste se manifieste. Pero esto no es posible sin una pequeña confusión de causa y efecto, pues al influir el uno sobre la otra y viceversa, ambos pierden sus características distintivas. Nuevos decretos que borran la línea divisoria. Bonaparte se reconoce al mismo tiempo, frente a la burguesía, como representante de los campesinos y del pueblo en general, llamado a hacer felices dentro de la sociedad burguesa a las clases inferiores del pueblo. Nuevos decretos, que estafan de antemano a los “verdaderos socialistas“ su sabiduría de gobernantes. Pero Bonaparte se sabe ante todo jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre, representante del lumpen-proletariado, al que pertenece él mismo, su entourag, su Gobierno y su ejército, y al que ante todo le interesa beneficiarse a sí mismo y sacar premios de lotería californiana del Tesoro público. Y se
confirma como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre con decretos, sin decretos y a pesar de los decretos.
Esta misión contradictoria del hombre explica las contradicciones de su Gobierno, el confuso tantear aquí y allá, que procura tan pronto atraerse como humillar, unas veces a esta y otras veces a aquella clase, poniéndolas a todas por igual en contra suya, y cuya inseguridad práctica forma un contraste altamente cómico con el estilo imperioso y categórico de sus actos de gobierno, estilo imitado sumisamente del tío.
Se otorga un sinnúmero de concesiones ferroviarias. Pero el lumpemproletariado bonapartista tiene que enriquecerse. Manejos especulativos con las concesiones ferroviarias en la Bolsa por gentes iniciadas de antemano. Pero no se presenta ningún capital para los ferrocarriles. Se obliga al banco a adelantar dinero a cuenta de las acciones ferroviarias. Pero, al mismo tiempo, hay que explotar personalmente al banco, y, por tanto, halagarlo. Se exime al banco del deber de publicar semanalmente sus informes.
Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar nada a una sin quitárselo a la otra.
Y en institución del soborno se convierten todas las instituciones del Estado: el Senado, el Consejo de Estado, el Cuerpo Legislativo, la Legión de Honor, la
medalla del soldado, los lavaderos, los edificios públicos, los ferrocarriles, el Estado Mayor de la Guardia Nacional sin soldados rasos, los bienes confiscados de la casa de Orleáns. En medio de soborno se convierten todos los puestos del ejército y de la máquina de gobierno.
En la corte, en los ministerios, en la cumbre de la administración y del ejército, se amontona un tropel de bribones, del mejor de los cuales puede decirse que no se
sabe de dónde viene, una bohème estrepitosa, sospechosa y ávida de saqueo, que se arrastra en sus casacas galoneadas con la misma grotesca dignidad que los grandes dignatarios de Soulouque.
Bonaparte lleva el caos a toda la economía burguesa, atenta contra todo lo que a la revolución de 1848 había parecido intangible, hace a unos pacientes para la revolución y a otros ansiosos de ella, y engendra una verdadera anarquía en nombre del orden, despojando al mismo tiempo a toda la máquina del Estado del halo de santidad, profanándola, haciéndola a la par asquerosa y ridícula. Copia en París, bajo la forma de culto del manto imperial de Napoleón, el culto a la sagrada túnica de Tréveris. Pero si por último el manto imperial cae sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napoleón se vendrá a tierra desde lo alto de la Columna de Vendôme.
…”
Cualquier parecido con esta Argentina populista, gobernada por corruptos sostenidos por millones de personas subsidiadas que no producen siquiera lo que consumen, no es pura coincidencia. Es la triste realidad. No menos cierto es que la clase media, los empresarios, los profesionales y los intelectuales son cómplices por omisión.