"Escribid con amor, con corazón, lo que os alcance, lo que os antoje. Que eso será bueno en el fondo, aunque la forma sea incorrecta; será apasionado, aunque a veces sea inexacto; agradará al lector, aunque rabie Garcilaso; no se parecerá a lo de nadie; pero; bueno o malo, será vuestro, nadie os lo disputará; entonces habrá prosa, habrá poesía, habrá defectos, habrá belleza." DOMINGO F. SARMIENTO



jueves, 8 de noviembre de 2012

INDEPENDENTISTAS Y FEUDALIZANTES (1)

Por Ivan Jorge Bartolucci
(Paris, martes 4 de septiembre de 2012)


Mi relación con Iván comenzó revolviendo la historia del arte en nuestro país, en búsqueda de un tal Augusto Bartolucci. Colaborador (?) del malogrado arquitecto piemontes, Vittorio Meano.
La investigación y publicación de artículos sobre la influencia insoslayable -en la arquitectura nacional de fines del siglo XIX y principios del XX-  de los arquitectos italianos, me llevo hasta el proyectista del Congreso Nacional.
Por su parte, María Luisa Contenta, amiga argentina que vive en Roma y se desempeña en la Real Academia Española en la capital italiana, me propuso colaborar -con parientes directos de Bartolucci- en la búsqueda de algunas piezas perdidas del rompecabezas incompleto del pintor-arquitecto italiano y de su participación en ese periodo fastuoso de la Republica Argentina.
Durante esa pesquisa, apareció Iván Jorge Bartolucci -escritor y bisnieto del misterioso y controvertido artista- emigrado y radicado en Europa desde los tiempos duros de la Argentina.
Esta maravilla que es Internet, nos permitió o, mejor dicho, me regaló el placer de poder “dialogar” con el sobre temas que marcaron a fuego la historia nacional y, en particular modo, a nuestra generación. Muy especialmente sobre un trabajo suyo intitulado: “Historia de Independentistas y feudalizantes”.


HISTORIA DE INDEPENDENTISTAS Y FEUDALIZANTES


Una nota del periodista y escritor Rolando Hanglin publicada hoy -04/IX/2012- en el diario porteño La Nación, titulada Una bofetada a San Martín, es lo suficientemente provocadora y seria para estimular numerosas reacciones. He aquí la mía, que es opinable y no tiene otro propósito que el de compartir una nueva lectura de nuestra historia, una cierta manera de abordar la sempiterna cuestión irresoluta y planteada crípticamente en la nota de Hanglin, la de la identidad nacional actual, la del modelo de sociedad republicana que sería deseable para nuestro país, la de centrar nuestra cultura en una modernidad republicana, democrática, solidaria, integradora, evolutiva, que supere el lastre feudal de los conquistadores castellanos, todavía vigente.

 

Como toda historia regional, la del Río de la Plata puede ser dividida en periodos con el fin de simplificar la comprensión del hilo que nos lleva desde los orígenes hasta el presente. En nuestra opinión, si queremos entender lúcida y correctamente la sociedad argentina actual, debemos colocarla dentro de su contexto americano y enfocarla de alguna manera que permita explicar los malentendidos y tensiones que se producen de modo recurrente entre lo que el periodismo suele llamar “el campo” y “la ciudad”. Por ello conviene distinguir los períodos siguientes:

 

1)   Período pre-americano (hasta 1516, viaje de Juan de Solís al Río de la Plata);

      los subsiguientes son períodos americanos.

2)   Período de la Conquista colonial hispánica (de 1516 a 1810)

3)   Período de los independentistas (1810-1852)

4)   Período de la Confederación argentina (1852/1859)

5)   Período de los feudalizantes oligárquicos (1859/1943)

6)   Período de los feudalizantes populares (1944/2012 ...)

 

(1)  Período pre-americano (previo a 1516)

 

El período pre-americano produjo poblaciones que se inscriben en culturas cuyo estadio de evolución las equiparaba a las sociedades neolíticas o paleolíticas de otras latitudes, ya con una integración incipiente de la metalurgia. En la línea de la evolución general que se ha constatado hasta hoy en las culturas humanas, este estadio corresponde a una estructura tribal de la sociedad y, por lo tanto, a una sociedad colectivista. Los datos del terreno lo confirman también en las sociedades pre-americanas. Aún los grandes imperios pre-americanos se fundaban en este tipo de estructura colectivista y tribal. En este tipo de sociedades, la persona por antonomasia es el ente colectivo; no, el individuo, quien solo es un elemento del colectivo. No existe en ellas ni ciudadanos libres, ni solidaridad individual facultativa y voluntaria, sino un altruismo regido por las costumbres, destinadas a mantener en vida el ente colectivo; no, a emancipar los individuos. En consecuencia, son sociedades ante-republicanas.

En efecto, la república es una construcción social, cultural, fabricada por ciudadanos que deciden o aceptan crear un bien común, una res publica; pero para que emerja el ciudadano, el individuo debe poder ser una persona libre, lo cual requiere una autonomía individual a nivel psicológico e identitario, suficiente como para superar sus lazos y condicionamientos colectivos. La identidad y la ética cívica del ciudadano son individuales, al igual que sus derechos inalienables. Sobre la base de una asociación de ciudadanos para fundar un bien común, una ética republicana y un altruismo colectivo emergen (o debiera hacerlo). La identidad cívica del ciudadano es (o debiera ser) fruto de la elaboración del individuo que actúa y que se piensa como persona autónoma, aunque esté fuertemente condicionado y que ésta, su elaboración, sea necesariamente interactiva y circunstanciada.

Es sobre estas bases que puede emerger y desarrollarse el pensamiento crítico y, por ende, el pensamiento científico y la tecnología científica, en constante evolución. No es la democracia –que existe ya en las sociedades colectivistas-, sino el ejercicio constante del pensamiento crítico libre lo que permite la emergencia concomitante del ciudadano autónomo y de la república; y es el ejercicio del pensamiento abstracto y crítico lo que abre las puertas mentales hacia la ciencia y la tecnología modernas, cuando este tipo de pensamiento prima en una sociedad o un grupo. De allí, la modernidad.

Nada de esto existía en las sociedades pre-americanas, pues sus culturas se hallaban en un estadio aún colectivista –no confundir este colectivismo cultural, con las formas colectivistas creadas por vía de una solidaridad voluntaria individual-. Por esta razón, las sociedades pre-americanas son sociedades pre-modernas, pre-científicas, pre-industriales. Debido a la escasa capacidad que este tipo de sociedad posee para integrar al Otro diferente –individuos, grupos o naciones-, son sociedades etno-céntricas que producen comunitarismos. En el mejor de los casos, sociedades de tolerancia o de sumisión; no, de integración.

 

(2)   Período de la Conquista colonial hispánica (de 1516 a 1810)

 

América es un invento europeo. La Conquista hispánica fue la última gran hazaña del feudalismo europeo, ya agónico fuera de España, mientras que la colonización de poblamiento en América es un fenómeno moderno, que España evitó meticulosamente -salvo en Chile-. En el Río de la Plata, el período de la Conquista estableció, desde sus puestos de comando hasta su soldadesca y peones, una población de origen europeo predominantemente masculina, de cultura feudal, pre-moderna, ante-republicana. El colectivismo y el etnocentrismo de las culturas neolíticas originarias fueron absorbidos en las zonas enteramente dominadas por el español, donde un mestizaje intenso de los conquistadores con mujeres pre-americanas dio nacimiento a la cultura criolla, de la que el gaucho es un emblema por antonomasia en la región del Plata.

En el período que caracterizamos como de la Conquista, podría correctamente distinguirse un subperíodo de Conquista propiamente dicha y otro, de régimen colonial. Sería correcto; pero no, procedente. Porque correríamos el riesgo de hacer creer que hubo una colonización de la América hispánica, siendo que no la hubo y ésta es precisamente la causa de las derivas feudalizantes –los caudillismos- y del relativo atraso de esta parte del mundo. A la excepción parcial de Chile, la España que conquistó América no la pobló con familias de trabajadores y labradores; no trajo a esta parte del mundo sus mujeres, transmisoras de una cultura del trabajo, de la modernidad, del  capitalismo primigenio, manufacturero y agrícola. Sin embargo, ellas existían y eran numerosas en la Península en la época de la Conquista. Por lo contrario, el conquistador estableció un régimen colonial de férrea y nítida racionalidad feudal; las pocas españolas que vinieron a establecerse en América fueron transmisoras de cultura y valores feudales, no de modernidad ni de trabajo productivo, al contrario de las colonizaciones portuguesa, inglesa y francesa. Los resultados de este sesgo feudal hispánico y de aquellas opciones de poblamiento productivo moderno tomadas por los países mencionados, son evidentes en el continente americano. Esto se explica, no por cierto por un supuesto atraso cultural de los españoles, sino por la relación de fuerzas que prevalía entonces en los reinos de Castilla y Aragón, ampliamente favorables a las clases feudales y a una Iglesia pergeñada por el poder feudal y a su servicio. La expulsión de los jesuítas aporta una prueba trágica de este predominio feudal.

Sin embargo, los conquistadores y sus sucesores utilizaron herramientas típicamente modernas, renacentistas, para asentar rápidamente el poder hispánico sobre las poblaciones autóctonas de  América: redes de ciudades –pero los feudales son rurales-, dameros de tipo romano en el trazado urbano –pero las ciudades de los feudales, en España y en el resto de la Europa feudal, tienen trazados aleatorios-, puertos y sendas que comunican las ciudades entre sí –pero los feudales no montaron redes urbanas en Europa, sino que lo hicieron sus enemigos jurados, la burguesía-, monetización vil del trabajo (el régimen de la mita) –pero el feudalismo no se basaba en el desarrollo de las manufacturas y el comercio, como sí en cambio ocurriera con los burgueses; el comercio capitalista necesita que todo sea monetizado, incluso el trabajo-. También han desarrollado algunas plantaciones esclavistas (es decir, de agricultura industrial proto-capitalista) e instauraron colegios y universidades en América. Este conjunto de elementos podrían hacer creer que hubo una colonización moderna, es decir, que ocurrió una efectiva y generalizada implantación de colonias españolas de producción capitalista para desarrollar un mercado abierto en América. En realidad, todos estos elementos de organización espacial, económica e institucional, que hubieran podido ser ocasión de una verdadera colonización productiva con familias europeas –como fue el caso en las colonias portuguesas, francesas, holandesas (N.Y.C.) e inglesas en América-, fueron desviados de su vocación moderna y renacentista original, pervirtiéndolos al ponerlos al servicio de la instauración de un régimen de racionalidad feudal arcaizante, esto es, de pillaje minero, de latifundios y de monopolio a escala continental, creando así una sociedad a estamentos cuasi estancos, estructuralmente injusta. Este régimen feudal, al tiempo que se implantaba en tierras americanas, reprimía sangrientamente las sublevaciones modernistas y democráticas de los comuneros de Castilla y Aragón y de las germanías de Valencia (1519/1522). Las regiones del Sur de la Península, que habían apoyado la reacción de la aristocracia feudal contra la emergencia de la modernidad en España –o bien, que se abstuvieron de intervenir en el conflicto-, proveyeron luego la mayoría de la gente que llevó a cabo la Conquista de América. Esto explica el hecho que, en la América hispánica, no haya habido colonización de poblamiento productivo moderno, con madres de familia trabajadora, sino una extensión del dominio feudal peninsular, Inquisición incluída. Sin embargo, existían en aquella España abundantes fuerzas productivas modernas, que hubieran hecho de la Conquista una verdadera colonización; pero fueron vencidas y en gran parte destruídas por los feudales, quienes desde entonces tuvieron las manos libres para organizar y explotar América según patrones de racionalidad feudal; y no, moderna. A defecto de un poblamiento colonizador productivo, una clase dirigente criolla de raigambre cultural feudal nació como descendencia de los españoles y se desarrolló desde entonces en América hispánica, con veleidades de “burguesía compradora”. Así llegamos a las asonadas criollas de 1810.

 

(3)   Período de los independentistas (1810-1852)

 

Cuando las circunstancias externas e internas les fueron propicias, los criollos se rebelaron contra el poder centralizador peninsular, proclamando la independencia política de las colonias. Muchos de ellos se conocían como “los patricios”, porque se sentían padres de la patria naciente desde 1806/1807. La “revolución de las trenzas”, que el Presidente Rivadavia reprimió con fusilamientos de patricios, es un episodio que merece análisis y reflexión. Finalmente, a guisa de Patria nueva, en gran medida el movimiento independentista no produjo sino una forma de continuidad de las estructuras feudalizantes españolas, bajo oropeles republicanos. Existían, sin embargo, republicanos auténticos, tal un Mariano Moreno, un Juan José Paso, French, Beruti y otros. La generación llamada de 1838 se inscribe en este línea republicana. Pero lo que predomina en el periodo de los independentistas es la continuidad de la cultura feudal de los conquistadores hispánicos, bajo la modalidad de una preferencia por la monarquía (José de San Martin, Manuel Belgrano, Bernardino Rivadavia y numerosos otros), por los caudillismos (Facundo Quiroga, Juan Manuel Ortiz de Rosas y muchos otros). Predominó el rechazo del poblamiento productivo con inmigrantes europeos, negándoles el acceso a la propiedad de la tierra si por acaso llegaban; o bien, haciéndoles la vida difícil. Las tentativas de las pocas familias de colonos británicos e irlandeses que llegaron para establecerse productivamente en el campo argentino en la década de 1820 (Monte Grande), fracasaron en gran parte; y su fracaso obturó la continuidad de este flujo.

La mayoría de los independentistas se caracterizó por el predominio, en ellos, de una racionalidad rentista o de caza y rapiña, militarista, autoritaria, verticalista, pre-industrial y pre-republicana, propia de la cultura feudal heredada. Su Ilustración a la europea, su adhesión a la franc-masonería y su general sumisión a una potencia colonial en expansión, de ideología liberal, no modifican el perfil de base de esta nueva clase emergente, la de los independentistas criollos. No eran revolucionarios a la francesa, sino tan solo independentistas de cultura feudalizante en busca de un recambio de Metrópolis que les fuera favorable. Sus feudos criollos tomaron el nombre de república; en rigor, frecuentemente no fueron sino asociaciones precarias de feudos caudillistas. No es por acaso que Simón Bolívar se apoyara en las Legiones Británicas (5700 militares, en mayoría veteranos de las guerras napoleónicas), cuya intervención fue decisiva para imponer la causa criolla a los realistas. Tampoco sorprende el que fuera más tarde dejado de lado por otros feudalizantes colombianos, como solía ocurrir antaño entre Señores feudales ambiciosos y recelosos; cada uno, de su feudo. No es tampoco incongruente el que el General San Martín se preparara para establecer su último retiro en Inglaterra, metrópolis colonialista, para escapar a la ola republicana que agitaba Francia (1848); la muerte lo sorprendió en el puerto de Boulogne sur Mer, sin alcanzar a realizar este deseado proyecto. El caudillo latifundista Juan Manuel de Rosas tuvo más éxito: tratando de huir del país, fue prestamente acogido por los representantes de la fuerza británica en Buenos Aires y logró refugiarse en Inglaterra, potencia colonial. En el combate de Obligado, más que expulsar a las potencias coloniales, este caudillo bonaerense buscaba obligar a Inglaterra a negociar solo en Buenos Aires, con el Señor de este feudo; no fue un combate por la soberanía de la nación argentina, sino por la preeminencia absoluta del caudillo de  Buenos Aires por sobre el resto de los feudos caudillistas provinciales. Los ingleses continuaron estando bien implantados en el puerto de Buenos Aires, después de aquel combate, donde fundaron una proto-Bolsa de Comercio. Por su lado, la oligarquía bonaerense no sometida a este Caudillo, que ocupó el poder bonaerense luego de la batalla de Caseros, se revistió de Ilustración, sin desviarse sin embargo de su objetivo principal: el mantenimiento del poder en sus manos feudalizantes. Estos Señores eran serios: ¡no se juega ni al republicanismo ni a la democracia con sus feudos! Todas estas actitudes no son anecdóticas, sino características de una cultura arcaizante, de élites feudalizantes. Es lamentable comprobar que estas historias y actitudes se repitieron frecuentemente a lo largo de las antiguas colonias españolas de América. Más que a la retórica de los discursos y los escritos que dejo esta gente, son sus hechos los que nos hablan con elocuencia.



(4)  Período de la Confederación argentina (1852/1859)

 

El nombre de Confederación existía previamente a su instauración real. El caudillo de Buenos Aires, J.M. de Rosas, nunca permitió su constitución efectiva, ni su funcionamiento, a fin de imponer la preeminencia y supremacía de su feudo bonaerense por sobre el resto de los feudos caudillistas del interior del país del Plata. De manera semejante nacieron los reinos feudales de la Europa bárbara, a partir de la expansión de un feudo a expensas de sus vecinos o, como fue el caso del caudillo de Buenos Aires, por sumisión progresiva al Regidor, o sea, el Señor feudal que eligieran para representarlos. Es bajo el imperio de este Gran Señor Feudal que se confirma y consolida el modelo asimétrico de país que subsiste hasta hoy, donde un centro urbano portuario domina, somete y explota las periferias productivas del sistema, situadas en el interior del país. Los caudillos del interior terminaron coaligándose para terminar con este dominio porteño abusivo, injustificado y perjudicial para el interior. La alianza de esta coalición con el Brasil y el Uruguay prefiguraba el proyecto de unión económica y aduanera con nuestros vecinos; cosa que el Mercosur concretizó más de un siglo después. Los tiempos de la formación de nuestro país son lentos, interrumpidos por episodios paroxísticos breves.

La corriente modernizante y republicana que promovió eficazmente la constitución real de la Confederación (1852/1859) representaba una ínfima minoría en la sociedad argentina de la época. Esta minoría constituyente fue rápidamente sofocada por la marea de los feudalizantes, compuesta tanto por los más retrógrados caudillos provinciales, como por los más cultivados feudalizantes ilustrados, tal el grupo porteño liderado por Bartolomé Mitre. Esto explica la brevedad del único período constituyente sinceramente federal y verdaderamente republicano que haya tenido la Argentina (1852/1859).

La batalla de Pavón (1861) pone un punto final a la malograda tentativa del grupúsculo de dirigentes modernizantes Urquiza-Alberdi-Cullen, que aspiraban hacer del Río de la Plata una nación pionera, poblándola con nuevos contingentes de familias europeas modernas a las que se les daría acceso a la propiedad de la tierra. Según lo sucedido en otros países cuya formación y desarrollo fueran impulsados por una inmigración masiva de familias pioneras europeas, el desarrollo agrícola y artesanal que los colonos produjeron promovió el crecimiento de un lozano y expansivo mercado interno y, gracias al ahorro agrario, autofinanciaron el comienzo de la industrialización en esos países. Las inversiones extranjeras llegaron después que los capitalistas hubieran cobrado confianza en la solidez y estabilidad de este sistema. Este modelo de desarrollo social y económico, basado en la agro-exportación auto-industrializadora, cuya dependencia exterior es progresivamente remplazada por el desarrollo de un fuerte mercado de consumo interno, tuvo lugar en los Estados Unidos, en el Canadá angloparlante, en el Quebec, en Australia y Nueva Zelanda, así como en el Brasil del Centro Sud (centrado en São Paulo). En estos países, la colonización masiva con madres de familia europeas modernas –es decir, portadoras de la cultura modernizadora del Renacimiento- fue la base humana que permitió su emergencia, como países fuertes y ricos.

Era también el modelo al que aspiraba la terna mencionada, Urquiza-Alberdi-Cullen; pero en las tierras del Plata el lastre feudal hispánico heredado fue más fuerte e impuso el modelo feudalizante, dando término a este brevísimo periodo de la Confederación Argentina. A partir de 1859 y más netamente después de la batalla de Pavón (1861) se inicia un período dominado por mentalidades feudalizantes rioplatenses.

El largo período de los feudalizantes no ha sido superado aún, a nuestro juicio. Para su análisis desde el punto de vista de los pioneros agrícolas, puede ser dividido en dos épocas distintas, marcadas por líneas de fuerza comunes que permiten reunir ambas bajo el mismo calificativo de feudalizantes. Explicaremos estas características en los parágrafos siguientes.

 

 (5)  Período feudalizante oligárquico (1859 / 1943)

 

Desde su secesión en septiembre de 1852 el Estado de Buenos Aires, dominado por una élite oligárquica ilustrada, buscó imponer al país el dominio porteño, dando así continuidad al rosismo centralizador; con la enorme diferencia respecto al Señor Feudal, que el país se abrió al exterior, irreversiblemente. Han logrado su propósito dominador y este predominio centralizador porteño continúa vigente hasta hoy día. Veamos cómo y por qué esta apertura al exterior y esta centralización jacobina no cambió la naturaleza feudalizante de la racionalidad ni de la cultura de las élites oligárquicas.

La política de poblamiento con familias de colonos europeos había sido inaugurada por los pro-hombres de la Confederación -Alberdi, el ideólogo; Urquiza, el ejecutor-. La idea era de ceder, vender u otorgar, en propiedad, tierras agrícolas a dichas familias. El vasto país permanecía despoblado e inculto, y la mitad del territorio estaba bajo el dominio de las poblaciones pre-americanas. La política de poblamiento con familias europeas recelaba un propósito de extensión de la soberanía efectiva de la Argentina a la totalidad del territorio, gracias a la acción expansiva de los pioneros agrícolas. Es lo que sucedió en América del Norte y que sigue ocurriendo en el Brasil.

Los dirigentes feudalizantes ilustrados que desalojaron del Poder al grupo de Urquiza y Alberdi, mantuvo abiertas las puertas del país a la inmigración europea, aunque con una diferencia fundamental. Cerraron u obstaculizaron la adquisición de la propiedad de la tierra a los inmigrantes europeos. En cambio, canalizaron los contingentes que iban llegando hacia las estancias de la oligarquía, para que allí labraran la tierra en calidad de arrendatarios o medieros, con la obligación de dejar la chacra al cabo de tres a cinco años, dejando las parcelas sembradas con alfalfa. Los europeos venían en orden disperso y expulsados por la pobreza, si no por la miseria en Europa; de modo que debían aceptar esas condiciones draconianas o retornar a sus países de origen. Sobre una población criolla de un millón seiscientos cincuenta mil personas en 1869, arribaron a los puertos argentinos casi diez millones de inmigrantes gringos, es decir, europeos. La mitad de ese contingente de millones de inmigrantes dejó el país por el Brasil o los Estados Unidos, o bien, regresó a su país de origen debido a las dificultades montadas por la oligarquía dominante, destinadas a evitar que tuvieran acceso a la propiedad de la tierra, debido asimismo a la prohibición de que se armasen contra los indios –la inversa de lo que hicieran los otros países nuevos con sus inmigrantes-. Estas políticas agresivas hicieron que una gran parte de los inmigrantes no pudiera establecerse firme y ventajosamente en ninguna parte, en nuestro país. De los casi cinco millones que se establecieron, una mayoría lo hizo en los puertos, aumentando así la población urbana de esas ciudades portuarias. Otra parte, minoritaria, se conchabó como arrendatarios, medieros o braceros en el campo. Sólo algunas iniciativas aisladas de colonización planificada dieron acceso a la propiedad de la tierra. Es de destacar la treintena de colonias agrícolas judías establecidas por un magnate de los ferrocarriles, el Barón Hirsch. También se destacan la colonización galesa del Chubut y la de los oasis irrigados. Así como las colonias piamontesas, friulanas, vascas, auvernias y de otros orígenes establecidas en región pampeana, en el Chaco y en el Litoral. Sin embargo, una gran parte de los gringos del campo no tuvo acceso a la propiedad de las tierras que laboraban o cosechaban. A pesar de esto, esta masa de inmigrantes europeos malquerida y maltratada, ignorada en la gran ciudad, que vivía generalmente en la precariedad, realizó la revolución agrícola argentina.

Este punto no es de detalle, sino central para la historia actual y futura de nuestro país, porque trasunta una larga historia de poder abusivo por parte de los feudalizantes. Aquellos pioneros de la revolución agrícola dejaron una descendencia igualmente motivada por el espíritu pionero, imprescindible para producir los fenómenos de frentes de expansión agrícola de exportación capaces de sostener, a la vez, la expansión del mercado de consumo interno y una industrialización que responda a dicha demanda interna. Es el modelo, ya mencionado, que hizo ricos y dinámicos a los Estados Unidos, el Canadá, Australia, el Centro-Sud de Brasil[1]. Impidiendo el acceso a la tierra y a las armas, la oligarquía argentina logró malograr la pujanza gringa, que en cambio encontró terrenos propicios en América del Norte, en el Brasil, en Australia, Nueva Zelanda. La Campaña del Desierto fue hecha por un ejército criollo al servicio de la oligarquía criolla. Las tierras conquistadas a los indígenas fueron distribuidas entre los militares, carentes en su mayor parte de condiciones de pionerismo agrícola; también fueron otorgadas a comerciantes y capitalistas allegados al poder.

Sin embargo, la pujanza creadora y productiva de los gringos del campo era evidente e insoslayable, ya a principios del siglo pasado, dado el peso demográfico de la inmigración sobre la población total del país. Se llegó a un tal desequilibrio entre las dos poblaciones, la criolla y la gringa recién llegada, que la cuestión de la identidad hubiera podido ser replanteada. En un país nuevo, moderno e integrador como los antes mencionados, esta cuestión sería ociosa: nacional es todo aquel que desee serlo, si vino para labrar y paga con su trabajo la tierra, que la posea por compra o por conquista. Pero en el Plata, esta cuestión tomaba un cariz problemático, porque coexisten dos culturas que, en Europa, fueron enemigas y una de ellas venció a la otra, salvo en España. Son respectivamente las culturas moderna y feudal. En los Estados Unidos, los colonos dejaron el feudalismo a sus espaldas, en el Viejo Continente; pero una supervivencia post-feudal y proto-capitalista se desarrolló con el sistema de plantaciones esclavistas; el diferendo cultural fue dirimido en una Guerra de Secesión que duró cuatro años (1861/1865), produjo unas 700.000 víctimas y permitió al sector más progresista, el de los chacareros e industriales, implantar el modelo yankee, productivista, de sociedad, con los resultados conocidos. Respecto al Brasil, los portugueses habían superado la barbarie del feudalismo militar, adoptando la agricultura y la cultura del trabajo desde el siglo XIII; cosa que hubiera espantado al caballero feudal castellano. Llegados al Brasil, los portugueses desmontaron los bosques y pusieron las tierras a producir bienes agrícolas de exportación bajo sistemas de producción industrial en gran escala, que ellos habían inventado en las Açores y Cabo Verde decenas de años antes de descubrir América (década de 1460). Para desarrollar en tierras americanas su modelo productivo de agricultura industrial de exportación, desde el siglo XVII -pero màs intensivamente a lo largo del siglo XVIII- organizaron o permitieron una masiva emigración de familias portuguesas hacia el Brasil, en su mayoría labradores. A la par, también importaban masivamente prisioneros africanos, sometidos al trabajo agrícola esclavo en las plantaciones industriales costeras, tanto en el Norte y el Nordeste como en el Centro-Sud. La posterior apertura de este país al capitalismo moderno y a la inmigración europea para que adquirieran tierras en propiedad era, pues, algo natural en su cultura no-feudal. No hubo necesidad de una guerra civil para ello. Así, São Paulo, sede de un capitalismo agrícola moderno, sin esclavos pero con una masiva inmigración europea, se impuso casi sin violencias a la vieja aristocracia proto-capitalista de Rio de Janeiro.

Pero en la Argentina, las élites eran criollas de origen cultural feudal hispánico y ejercían sus actividades dentro de los valores de la racionalidad feudal: vivir de rentas y del trabajo ajeno, mal pago; poseer un máximo de territorio para maximizar los ingresos producidos por un trabajo poco intensivo y de bajo nivel tecnológico; establecer relaciones de cuasi esclavitud en estancias y plantaciones -mi madre, hija de plantadores correntinos, conoció personalmente este régimen-.

Frente al “aluvión” inmigratorio europeo, que valoriza rápidamente con su trabajo productivo esas tierras feraces que los feudales españoles y sus descendientes y herederos culturales, los criollos, nunca habían trabajado, devino notorio que la riqueza y el desarrollo provenía, en la Argentina, de las familias gringas, especialmente las del campo.

Si riqueza es poder, seguramente las élites criollas dominantes se habrán preguntado, inquietas, ¿cuándo estos gringos van a rebelarse y tomar el poder? ¿Cuándo van a destruir nuestras estructuras feudalizantes y van a instalar un sistema moderno, que no es el nuestro? La parada a estos riesgos tomó varios caminos; el dominio de las Fuerzas Armadas, los golpes de Estado, el fraude “patriótico”, el permitir a ciertos gringos -aventureros, oportunistas y personalidades- el acceso, por vía morganática,  a los círculos decisivos de la oligarquía. Pero una parada de genio, perniciosa, perversa, perdurable, fue la impostura cultural respecto a la identidad nacional: ¿Qué es un argentino? ¿Es el criollo fundador? ¿o el gringo y su descendencia, que es “argentino por casualidad”[2]? La nueva situación demográfica y económica amenazaba la continuidad del dominio de la oligarquía criolla, cuya proporción numérica disminuía a medida que iban llegando nuevos contingentes de inmigrantes gringos. Esto explica que fuera la oligarquía terrateniente quien pergeñara y difundiera la ideología criollista.

Según esta ideología el argentino por antonomasia es el criollo, no el gringo ni su descendencia, quienes fueran “acogidos generosamente” por los auténticos argentinos, en el país criollo que los gringos no fundaron y adonde desembarcaron “para matarse el hambre”, “con una mano atrás y otra adelante”. Este paradigma del argentinismo se encuentra en el Martín Fierro, poema gauchesco escrito por un terrateniente que, en buen criollo, era crípticamente xenófobo –esa xenofobia ordinaria que es propia de la cultura feudal, insuficientemente apta para integrar al extranjero-. La ideología criollista nos enseña que la música “argentina” es el folklore criollo. Todos estos valores sesgados alimentaron las juventudes de la oligarquía y en cierta medida la de las Fuerzas Armadas. Lo verdaderamente grave es que esta ideología fuera transmitida a nuestra infancia por el sistema de la Educación Pública y, más tarde, por el movimiento peronista, el cual deja ver en esto sus fuentes culturales criollistas.

Una de las consecuencias concretas de esta distorsión de la realidad social y cultural argentina es que el gringo del campo fue y continúa siendo “ninguneado” en su propio país, desde las ciudades contaminadas por la cultura criollista. El gringo es así ignorado, si no denostado por los habitantes de las grandes ciudades que, sin embargo, deben a su trabajo productivo rural el origen de las riquezas urbanas. La mala fe urbana es aquí tan evidente, como lo es su alto grado de intoxicación ideológica criollista y feudalizante.

El criollismo, la estancia, el latifundio, la obstaculización de un desarrollo capitalista moderno, la ausencia de una reforma agraria para los agricultores modernos, mayoritariamente gringos, son todos síntomas de lo feudalizante que impregnó la cultura dominante en la Argentina durante casi un siglo (1852/1943).  Los golpes de Estado, el verticalismo de las instituciones políticas y el caudillismo también lo son.

Es obvio que durante el largo período de dominación de los feudalizantes oligárquicos han ocurrido sucesos importantes, que modifican o matizan el esquema muy sucinto y simplificado que estamos exponiendo. No obstante, estas modificaciones no serían tan profundas que pudieran demostrar la falsedad o inutilidad de la caracterización que hacemos del periodo posterior a la Confederación Argentina. La cultura feudalizante de la oligarquía, heredada de los independentistas, quienes a su vez la recibieran de los españoles coloniales, ha creado las condiciones para que la ideología criollista eche raíces en las grandes ciudades argentinas. Entre otras implicancias, este enraizamiento ideológico facilitará en el periodo siguiente las prácticas que esquilman los ingresos de los agricultores, operadas sistemàticamente por las funciones de las cadenas de productos agro-exportables situadas en la gran urbe (en claro, lo que el chacarero vende por cien, se paga quinientos u ochocientos en la consola del supermercado urbano). Es pràctica universal la extorsión a los productores rurales, que es ejercida corrientemente en todas o casi todas las cadenas de producto -o de valor, como se prefiera enfocarla-, por las funciones situadas aguas abajo del campo agrícola de producción: transporte, acopio, transformación o acondicionamiento, seguros, impuestos, tasas y retenciones, exportación, mercados a término. Obsérvese que la mayoría de las funciones mencionadas residen en la ciudad, no en el campo, cualesquiera fuere el país de producción. La singularidad de la Argentina, potencia agrícola mundial gracias principalmente a la actividad productiva de los gringos del campo, estriba en que esta extorsión del productor rural deviene confiscación y humillación encarnizada. ¿No es esto muestra del sesgo feudalizante con el que sigue funcionando nuestra sociedad? Como veremos en el paràgrafo siguiente, “gorilas” y peronistas se hermanan en esta actitud de subestimación, vejación y explotación del gringo del campo, porque pertenecen al mismo universo feudalizante y se nutren de una misma fuente ideológica anacrónica y arcaizante, la de la Patria fundacional.

Resumiendo, esta sociedad está atravesada por tres grandes contradicciones: (a) la patria fundacional criolla, feudalizante, contra la patria moderna, obra de la gringada productiva integrada a la población autóctona; (b) el centro portuario contra sus periferias productivas; (c) las clases ricas urbanas contra el proletariado urbano y rural. Los nacionalismos actuales y pasados, de origen y contenido ideológico muy diverso en la Argentina, tienden a favorecer los primeros términos de estas contradicciones. Puede y debe surgir otro tipo de nacionalismo y tal vez otras proposiciones ideológicas y políticas diferentes, más acordes con la realidad socio-económica del país. Veremos en el parágrafo siguiente que esta transformación profunda de la identidad nacional, de las instituciones y de las fuerzas cívicas más influyentes no ha ocurrido aún y está culturalmente bloqueada, frenando y distorsionando el desarrollo del país.



(6)  Período feudalizante popular ( 1944 / 2012...)

 

La oligarquía feudalizante ilustrada, que dominó la escena nacional desde 1859, debió ceder el cetro de la conducción del país a la corriente popular, en un proceso a veces cataléptico que comenzó con un golpe de Estado el 4 de junio de 1943. Uno de los eminentes jefes militares de aquel levantamiento era Juan Domingo Perón Sosa, ya golpista de derechas desde 1930. Perón Sosa era tan criollista como los oligarcas que él y su criolla esposa María Eva Duarte combatieron acerbamente. Su combate redistribucionista olía a vindicta pública y a revancha personal por parte de una clase criolla pobre y secularmente oprimida, reaccionando justamente contra sus antiguos señores feudales. Este combate, justo respecto al criollo sometido y explotado, ignoró sin embargo -y sin inocencia- el problema grave que planteaba el criollismo desde hacía décadas; es decir, la denegación de entidad y de poder que la ideología criollista implicaba respecto de la población de origen gringo, numéricamente mayoritaria en el país. Para combatir las injusticias sobre las que se asentaba el poder de los Señores feudalizantes criollos, estos conductores populares aplicaron leyes de justicia social absolutamente necesarias -algunas de ellas preexistían a la llegada al poder de esta pareja; su mérito fue el obligar a su aplicación efectiva-. El lado obscuro de este poder justicialista fue la cooptación de numerosos dirigentes sindicales, entre ellos Borlenghi, interrumpiendo durablemente en la Argentina las actividades obreras de lucha de clases organizada. Para ello introdujeron una concepción fascista, de cooperación de clases y de corporativismo administrado desde el Poder, que permitió efectuar dos maniobras simultáneas: la discriminación positiva de sindicalistas de origen criollo y la sujeción del sindicalismo argentino al Poder del Estado criollista. Bajo la concepción fascista de administración estatal de la lucha de clases se escondía y vehiculaba una actividad justiciera criollista. Es decir, era algo justo en sí mismo. Pero dejaba sin respuesta a otras necesidades apremiantes para el desarrollo del país: nada hacía por la emergencia de un capitalismo moderno desde las bases gringas disponibles en el campo, ni por el acceso a la propiedad de la tierra por parte de una clase de productores rurales modernos, ni por la industrialización espontánea generada por el desarrollo de los frentes de expansión pionera de la agricultura de exportación, ni por el federalismo económico al que aspiraban legítimamente las campañas provinciales. La industrialización substitutiva tuvo un motor voluntarista estatal, que engendró una industria nacional poco competitiva. Y el esquema en centro abusador y periferias esquilmadas no sólo no fue modificado, sino intensificado por el ejercicio del centralismo, las mejoras salariales urbanas y la concentración urbana de los ingresos por la exportación de productos de origen rural. Esto provocó la implantación desmesurada de la población criolla proveniente de zonas deprimidas, en el sitio central del sistema, donde continuó siendo retenida la mayor parte del valor producido y exportado por las periferias rurales productivas, en su mayoría gringas.

Bajo los gobiernos peronistas sólo hubo la promulgación de un Código Rural sin grandes transformaciones respecto a la propiedad de la tierra agrícola, sino que congelaba los arriendos, sin la reforma agraria que esperaba ansiosamente la gringada del campo. El Estatuto del Peón Rural interesaba preferentemente a la población criolla de las campañas. Pero nunca hubo una verdadera reforma agraria para distribuir las tierras feraces a los hijos de agricultores modernos, a los pioneros de los frentes de expansión que, en su mayoría, eran gringos hijos de gringos. Esta discriminación negativa del inmigrante europeo, esta política cripto-étnica retrógrada no era inocente, sino la continuidad del mundo feudalizante de los fundadores de la Nación. Toda vez que hubo un proyecto de reforma agraria, éste fue bloqueado; la última tentativa de impulsar un proyecto de esta índole fue promovida por fuerzas jóvenes durante el período del Presidente Campora y su Secretario de Agricultura, Ing. Agro. Horacio Giberti. Este proyecto no era en realidad una redistribución de tierras, sino que estaba ligado al concepto de “renta potencial de la tierra”; era un proyecto tibiamente reformista. Evidentemente, esta tentativa también fue bloqueada desde altas esferas del peronismo: ¡Nunca! ¡Jamás ceder a la pujanza gringa del campo! ¡Nones a la emergencia de una verdadera burguesía nacional! ¡Que los criollos fundacionales sean siempre los primeros! Para lo cual había que conservar su ecosistema social arcaizante. Porque otra característica criolla que hace del peronismo un movimiento feudalizante es el caudillismo, los punteros, la verticalidad en las organizaciones sociales y políticas. Este es un vicio ancestral (feudal), que gangrena y falsea la democracia argentina. Nunca hubo reforma agraria oligárquica ni autorización para conquistar tierras del indio, por razones obvias: hubiera sido antitética con la hegemonía de las clases feudalizantes fundadoras de este país sub-hispánico. Porque una reforma agraria hubiera sido regalar a un sector ajeno a las preocupaciones criollistas –los gringos del campo- un nuevo poder económico que hubiera podido devenir poder político, desalojando y destruyendo así el esquema de poder criollo de los independentistas, los Padres de la Patria arcaica. El peronismo tampoco promovió la reforma agraria, probablemente por las mismas razones arcaizantes y etno-céntricas.

Al mismo tiempo que se manejaba el campo de esta manera sesgada, “ninguneando” a los pioneros agrícolas modernos del país, la cultura y la lucha sindical, que había sido obra de gringos en la Argentina, fue también desviada en el mismo sentido criollista. La nueva política sindical del gobierno peronista (1944/1955) permitió excluir de la arena cívica a la vieja dirigencia sindical, de origen gringo (la CGT fue fundada en 1892 por obreros europeos de Buenos Aires); a la sazón, el peronismo reprimió severamente a los sindicalistas gringos recalcitrantes.

Para consolidar esta ofensiva, ambos personajes –Perón y Evita- crearon un movimiento político que responde a la sensibilidad de un pueblo sujeto de larga data a regímenes feudales: movimiento carismático y personalista, de justicieros medievales y vindicta pasional; nada que ver con una lucha de clases organizada, ni con las aspiraciones de la gringada argentina. Este movimiento rezuma criollismo y se inspira en él, recuperando para sí y diluyendo en un nacionalismo fundacional el potencial moderno que tiene la lucha de clases en el capitalismo. La social-democracia es fruto de la lucha de clases, la cual no necesariamente lleva a una revolución violenta en una sociedad moderna. Sí, en cambio, en sociedades feudales o arcaicas como la Rusia zarista, la China de los mandarines, el Viet-Nam colonial.

Es de recordar que el criollismo caudillista, alma oculta del peronismo auténtico, es una fabricación ideológica de la oligarquía feudalizante argentina, destinada a “ningunear” al inmigrante europeo, el gringo, quien sin embargo fue el motor de la revolución agrícola argentina, el iniciador del crecimiento acelerado de la economía en las primeras décadas del siglo XX y el principal protagonista del comienzo de la industrialización argentina, actividades todas que escapaban a la esfera cultural de la población criolla, tanto la modesta como la ilustrada y rica. El criollismo, que sea oligárquico o popular, es destituyente de los aportes y negacionista de la identidad del gringo en esta sociedad, a pesar de que sean mayoría.

La oligarquía cesó de ejercer un rol hegemónico en la Argentina, por causas que no es propósito analizar en esta nota; pero su arma ideológica, el criollismo, fue recuperada por el peronismo y subsiste en él: hubo un período de hegemonía de los feudalizantes oligarcas (“los gorilas”, en la jerga de la época peronista); hubo y persiste hoy una hegemonía de los feudalizantes populares: seguimos viviendo en el pasado. Porque ambas fuerzas tienen una raíz cultural de naturaleza arcaizante, que hace que sus confrontaciones pertenezcan a otros tiempos, no al de la modernidad.

Mientras los gringos sigan siendo “ninguneados”, no habrá burguesía nacional; en consecuencia, no habrán ni reinversiones significativas de sus lucros en el país, ni habrá una industrialización espontánea; no ocurrirá tampoco un desarrollo territorial según una trama multipolar (como ocurre en las regiones más ricas de Europa y en América del Norte). Y sin este tipo de desarrollo capitalista, no habrá nación argentina emergente, sino un paisito de nacionalismo arcaizante a la rastra de sociedades más aptas para la modernidad, menos frenadas por herencias culturales, prejuicios e intereses arcaizantes, pero con una verdadera identidad nacional moderna e integradora.  

El origen feudalizante del criollismo popular, inspirador de ese espíritu identitario y vindicativo del peronismo que lo hace pasional, visceral, explica el que sea un fenómeno anómalo y anacrónico para las democracias capitalistas: no es ni un fascismo ni un socialismo ni nada que pueda ser considerado moderno. En consecuencia, resulta incomprensible para las mentes europeas actuales.

Mismo desde el interior de la sociedad argentina, este movimiento identitario típicamente argentino no podría ser aprehendido y comprendido en su críptica esencia arcaica, sin el auxilio de una nueva lectura de la historia regional y local que nos habilite a identificar, discernir y describir los diferenciales culturales (la cultura enfocada como sistema -social y evolutivo- de percepciones y respuestas de un grupo humano). Este nuevo tipo de lectura de la historia del Plata pondría en evidencia el predominio y la continuidad de la cultura feudal hispánica en la formación de la identidad, de las estructuras y de las instituciones del Río de la Plata aún vigentes y, más generalmente, de la América de origen español -tal vez con la excepción de Chile y su extensión cis-andina (Cuyo), única región sudamericana que recibiera una colonización con familias de labradores españoles; es decir, no feudales sino de cultura productiva-.

Por todas estas razones, el movimiento peronista puede genuinamente ser inscripto en la esfera cultural del criollismo y, por ende, dentro de la corriente feudalizante, fundacional del país. El sentimiento peronista es visceral, pasional, porque sirve de refugio ideológico para los criollos humildes marginalizados por la sociedad oligárquica, al mismo tiempo que es un refugio psicológico desde el cual resistir a una imaginaria enajenación destitutiva de la identidad criolla concebida como quintaesencia de la argentinidad.

Esta visión negativa y perniciosa para la integración del gringo y de su racionalidad moderna fue vehiculada por el criollismo oligárquico durante casi un siglo; criollismo que estructura el sentimiento peronista de una manera críptica y de soslayo.

Desde este punto de vista, que es crucial para la integración de toda la población, que sean de cultura gringa, criolla o autóctona –hoy, muy entrecruzadas-, el período dominado por el fenómeno peronista es, pues, una continuidad del que comenzó en 1859, con la hegemonía de la oligarquía feudalizante ilustrada que inventó el criollismo para no integrar al gringo. El peronismo es un tipo de criollismo de los humildes, que concierne y pertenece a una vieja “interna” del régimen feudal heredado y transformado por los independentistas argentinos y sus continuadores en cultura e ideologia feudalizante. En este contexto, el peronismo representa las justas reivindicaciones de los sometidos por el sistema feudal. La modernidad introducida por la masiva inmigración europea pertenece a otro universo temático, social, cultural y económico, a otras circunstancias históricas que la alejan de la lucha que se libran mutuamente peronistas y “gorilas”, lucha entre facciones feudalizantes, arcaicas por cierto.

En conclusión, el país moderno es una construcción inacabada y defectiva, porque aún no existe una verdadera burguesía nacional. O sea, todavía no existe un predominio neto de la racionalidad moderna contenida en las culturas modernas aportadas por los gringos. El predominio de una cultura de la modernidad, para ser eficaz en términos de desarrollo, debe instalarse en las instancias de conducción de las principales instituciones del país, tanto públicas como privadas, tanto civiles como armadas. Pero esto requeriría una transformación profunda de la racionalidad económica, de la narración histórica y del discurso político, tanto el oficial como el privado. Recordemos que según los ideólogos del comunismo, el socialismo adviene solamente en una sociedad capitalista desarrollada; según los mismos ideólogos, el comunismo advendría mucho más tarde, como superación del socialismo. Una mayoría de pensadores de distintas vertientes ideológicas, comprendiendo las màs opuestas, convergería hacia una misma conclusión : hay que comenzar por un auténtico desarrollo capitalista moderno, gracias a la acción de una fuerte burguesía nacional de racionalidad moderna, que se construya desde una nube de PME nacionales (pequeñas y medianas empresas), que opere como un seguro defensivo contra las internacionalizaciones intempestivas y dependizantes. Brasil posee estas condiciones: sin una burguesía nacional argentina, ¿para cuàndo la “Argentina, dependencia brasileña”? Los feudalizantes independentistas nos dependizaron a la Gran Bretaña; los feudalizantes oligàrquicos confirmaron estos vínculos perniciosos para la emergencia de un capitalismo de burguesía nacional; los feudalizantes populares ¿dónde creen que nos estàn llevando? Los émulos de la “generación del 70”, en su mayoría emergencia desordenada de afirmación identitaria de una tercera generación gringa, ¿podràn tomar consciencia de esta problemática? Porque si en la Argentina no existe una verdadera burguesía nacional, si los burgueses argentinos son expatriadores metódicos de sus economías y ganancias, si la reinversión nacional privada no es suficiente para desarrollar el mercado interno, es porque la sociedad argentina sigue bajo el dominio de los feudalizantes (oligarcas o populares) y no ha cobrado consciencia, quizás por esta misma razón, de la contradicción fundamental que existe entre criollismo y modernidad, entre nacionalismo feudalizante y burguesía nacional, entre caudillismo y pionerismo moderno.

El reciente artículo de Rolando Hanglin publicado en el cotidiano La Nación el 4 de Septiembre pasado, comenta trabajos publicados por dos autores actuales -Juan Bautista Sejean (1997) y Antonio Calabrese (2012)-, sobre el presunto rol del general José de San Martin en la historia sudamericana. Estos puntos de vista no son incompatibles con la lectura de nuestra historia que acabamos de esbozar aquí, a trazos groseros y aproximativos. Los autores mencionados no están lejos de arrimar materiales probatorios que, de ser verificados como válidos, podrían conducir a una línea de lectura histórica que revisaría la entera formación de nuestra nación y de sus instituciones, desde sus fundamentos. Así, el relato histórico de nuestra identidad dejaría de ser el que nos legaron los feudalizantes; y esta revisión podría permitirnos abrir el paso hacia otro relato de nuestra historia que se proyecte sobre otro avenir, otro proyecto de sociedad, más conforme con la realidad sociológica del país. Al reformular la historia, se rectifican líneas y componentes importantes de la identidad nacional. Ahora bien, si se refundara la identidad nacional en base a componentes culturales e históricos superadores de la racionalidad y de la cultura feudalizante, se abriría la posibilidad de otro modo de funcionamiento de la sociedad, otras mentalidades, otras racionalidad económica. Y con una nueva racionalidad económica liberada del lastre feudal y caudillista, esta sociedad podría devenir, a mediano y largo plazo, un nuevo país emergente en el concierto mundial ¡Nada menos que esto!









[1]Cf. BARTOLUCCI,Ivan Jorge: “Pioneros y frentes de expansión agrícola”, editorial Orientaciones, 300 pág., Bs.As., 2011.

 
[2] Frase escrita en un editorial por el entonces dueño del vespertino La Razón (Bs.As.), de apellido criollo de alcurnia -Peralta Ramos-, a propósito del Presidente Arturo Frondizi, nacido en la provincia de Corrientes.

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