"Escribid con amor, con corazón, lo que os alcance, lo que os antoje. Que eso será bueno en el fondo, aunque la forma sea incorrecta; será apasionado, aunque a veces sea inexacto; agradará al lector, aunque rabie Garcilaso; no se parecerá a lo de nadie; pero; bueno o malo, será vuestro, nadie os lo disputará; entonces habrá prosa, habrá poesía, habrá defectos, habrá belleza." DOMINGO F. SARMIENTO



viernes, 9 de noviembre de 2012

INDEPENDENTISTAS Y FEUDALIZANTES (2)

Por Ivan Jorge Bartolucci



Después de una esgrima teorica -desigual por cierto- quedamos en conocernos personalmente la próxima vez que Ivan Bartolucci visite la Argentina, en tanto me pareció de sumo interés publicar su mirada, focalizada en la historia nacional y sus consecuencias actuales que, como el mismo afirma, esta « dirigida a todo lector interesado ». Y yo le agregaría, «inteligente ».   
Los generosos lectores de mi blog, en especial modo mis alumnos, espero puedan compartir conmigo el contenido de estos textos que nos ayudan a reflexionar sobre las causas que determinaron la fisonomía de este país que nos duele.
Iván, en 12 de septiembre de 2012, me envió otros dos extensos documentos que devore con la misma avidez con que lo había hecho con el primero.
En uno de ellos, Bartolucci utiliza, como disparador, una frase extraída de un comentario mío en respuesta a su “Historia de independentistas y feudalizantes”, ya publicada en este blog: “Yo diferencio el origen de dos países en uno. El “país de la llanura” y el “país de la montaña”. Esta es su respuesta sobre la que resalte algunos conceptos que me parecieron importantes:


Ivan Jorge BartolucciEn tests cognitivos se pudo comprobar que una mayoría de personas sometidas a ellos cometían recurrentes “errores”, debido a un descuido de ciertos detalles que no eran retenidos como información importante. Esto parece demostrar que el cerebro humano realiza, en la percepción tanto como en el primer tratamiento automático de lo percibido, una labor de captación global, primero; luego, de reducción de la complejidad, ordenando en categorías, simplificando, reduciendo lo percibido a esquemas simples, fácilmente inteligibles. No puedo dar en este momento las referencias del artículo científico que daba cuenta de este descubrimiento; creo que no era una publicación científica, sino de divulgación publicada en la revista Science et Vie (Paris, Francia).
Pienso que sin este trabajo automático de esquematización de la realidad, no podríamos haber abarcado nunca la complejidad del universo; no hubiéramos descubierto ni la ley de la gravedad, la relatividad generalizada ni el boson de Higgs; Cristóbal Colon no hubiera nunca descubierto América por error, pero gracias a la aplicación preconcebida de un esquema claro y simple de la esfericidad del planeta. En la frase citada como titular de esta nota, el Sr. Garrappa muestra este modo de proceder de la mente humana; parece natural en un arquitecto, formado en la aprehensión global de los espacios y en su ordenamiento interior, el distinguir fácilmente dos aspectos diferentes de un paisaje -llanura vs. montaña.
La aplicación de su esquema binario a la realidad del Río de la Plata –o sea, al entero territorio del ex Virreinato- se ajusta bien a su realidad física: el esquema da cuenta fiel de la diferencia topográfica que separa dos zonas de este vasto espacio. Se puede, en efecto, distinguir fácilmente una zona de llanuras -que va desde las mesetas patagónicas a las sabanas tropicales del Chaco, pasando por las pampas de clima templado-, bien distinta de una zona montañosa que recorre cual columna vertebral del continente sudamericano, desde su “coxis” -Tierra del Fuego- hasta sus cervicales –Panamá-. Con esto no estoy insinuando que la cabeza de este animal sea la América del Norte; aunque gente maliciosa podría llegar a pensarlo.
Si aplicáramos el mismo esquema a las estructuras económicas y sociales que evolucionan en este inmenso espacio, estaríamos ingresando en el dominio de lo opinable. Porque, como bien dice el Arq. Garrappa, este tipo de lectura de la realidad puede ser constantemente enriquecido o, mejor aún, modificado, al observarla desde otros ángulos o bien, valorizando ciertos detalles que habían sido descuidados, silenciados o simplemente inadvertidos en los esquemas precedentes.  Si algo de muy valioso he sacado como fruto de la lectura de kilómetros de libros históricos, de divulgación tanto como de presentación de trabajos de investigación, es que no existe una historia objetiva, sino relatos históricos, siempre opinables. El mejor de los historiados no puede producir otra cosa que su propio relato, cuyo sesgo particular nace en el instante mismo en que el autor comienza a seleccionar en su mente ciertos datos acumulados, de preferencia a otros. Y se podría afirmar sin error que este sesgo ya está presente en el momento de su percepción, o sea, en el instante en que el autor ha captado los datos sobre el terreno o en fuentes secundarias que haya tenido la ocasión de observar; pues nuestra mirada no lo ve todo, no lo retiene todo, sino apenas aquello que sabemos reconocer y ubicar dentro de alguna categoría o que significa algo en nuestra mente, aunque no lo conozcamos o no lo comprendamos. Por ejemplo, estudios neurológicos han demostrado que las ranas tienen la misma estructura óptica que los humanos; en principio, los batracios debieran ver lo mismo que los hombres. Pero no es así; del paisaje mirado, solo retienen lo que pueden categorizar; y solo categorizan lo que les importa para su supervivencia: las líneas o los puntos que se mueven, porque lo que se mueve puede ser un insecto nutritivo para la rana. Con la misma mirada, Leonardo da Vinci ve la Gioconda en la modelo que posa en su atelier; una rana no ve sino las moscas que vuelan en el atelier en ese momento. Esta condición de subjetivismo infranqueable acuerda al lector de relatos históricos una cierta libertad de pensamiento, pues “la Biblia” histórica no existe.
Por otra parte, los autores pueden modificar sus propios relatos a medida que nuevos datos y mejores reflexiones lo van enriqueciendo; no seria para ellos una falta profesional ni una vergüenza; al contrario, es prueba de flexibilidad y honestidad intelectual. Y doy un ejemplo que me toca de cerca. Mi propio relato histórico actual no se parece en nada al que profesaba hace medio siglo; mis esquemas tercermundistas saltaron en pedazos ante las duras realidades africanas y latino-americanas vividas en los últimos cuarenta años. El esquema interpretativo que adopto en el presente responde, en cambio, a los interrogantes planteados por dos congojas personales, dos crisis existenciales: una, de origen técnico, con implicancias sociales; de origen social con implicancias políticas, la otra.

1.      La primera crisis, sufrida en el Chaco santafecino en los años 1960, concernía el desfase cultural grave entre criollos y gringos; este desfase lleva a la pobreza estructural. ¿Cómo salir de ella?

Para vencer la pobreza estructural, no es cuestión de educación, a la Sarmiento, ni de instrucción, sino de cultura y de transformación de matrices culturales. Sobre el terreno llegué a la conclusión de que la cultura es un sistema estereotípico de percepción, de tratamiento de los datos percibidos y de elaboración y formulación de respuestas estándar.  La interacción entre culturas distintas crea una situación de dialéctica cultural.

No exhaustivamente, las respuestas sistemáticas que provee una cultura comprenden los lineamientos generales de los modelos de comportamientos, la racionalidad, la tabla de valores, los objetivos subyacentes de vida, los mitos, las creencias, las técnicas, los lenguajes, el tipo de pensamiento (abstracto o mágico, por ejemplo). Todo individuo, para funcionar solo o en sociedad, utiliza esta especie de “sistema de explotación” de su informática cerebral, que llamamos cultura. Dicho sistema se instala en nuestros cerebros desde el comienzo de la gestación del embrión que alguna vez fuimos; su instalación está casi completada hacia los seis años, edad del comienzo de la escolarización primaria.
En el acto de percepción, y en el tratamiento de lo percibido que se sigue automáticamente, interviene el conjunto de los elementos que provee una cultura. Sin embargo dichos elementos son de tipo respuesta: ¿acaso percibimos por medio de respuestas culturales? La paradoja es solo aparente, pues estos elementos retroalimentan la percepción como reguladores de la selección automática e inconsciente de los datos ofrecidos por la realidad exterior a nuestro cerebro; igualmente actúan como piloto de la fabricación de respuestas a lo percibido. Podemos decir entonces que nuestros cerebros están pertrechados de programas destinados a evitar que “meemos fuera del tarro” al momento de mirar y, entonces, ver; y que intervienen casi inmediatamente, en el proceso de interpretación de los datos exteriores seleccionados en el momento de la percepción. Nuestra estructura cognitiva tiene, pues, un modo de funcionar profundamente conservador: cuando miramos algo, no vemos sino lo que nuestras pautas culturales nos lo permiten. Es decir, vemos lo ya conocido o lo categorizable dentro de las pautas de nuestro grupo cultural de pertenencia. Lo no reconocible crea una situación confusa, que el cerebro tenderá a resolver introduciendo categorías ordenadoras de lo incomprensible percibido. Este conservadurismo inconsciente asegura la supervivencia de cada especie, pues está destinado a dar respuestas cuasi inmediatas a situaciones súbitas y perentorias, que nuestro cerebro debe reconocer como peligrosas. Los grupos culturales o las especies portadoras de cerebros mal pertrechados para proveer estas respuestas estándar cuasi espontáneas, de defensa (huyendo, paralizándose o atacando a lo que amenaza), fueron ya eliminados en el proceso de la evolución biológica.
La innovación, no obstante, está más o menos permitida en los cerebros más abiertos, mejor dotados. Gracias a la introducción y a la ulterior adopción colectiva de estas innovaciones, las culturas funcionan como estándares (patrones o modelos) que pueden evolucionar. Ellas son permeables e históricas, pueden transformarse desde adentro y sufren las influencias de afuera. Encontramos aquí ya una primera pista para responder a nuestra acuciante inquietud existencial: “la pobreza estructural. ¿Cómo salir de ella?”.
Prosigamos en este camino. Los principales elementos de una cultura son el lenguaje, la mimética –sensu lato-, el tipo de pensamiento, los valores y la tecnología. A su vez, la tecnología es un sistema en sí mismo. La manera de producir tecnología diferencia una sociedad de otra, otorgándole a cada una ventajas o desventajas diferenciales; confrontados a los mismos problemas técnicos, los grupos dotados de las culturas más dinámicas –que son aquellas en las que la transformación interna se basa en la creatividad del pensamiento critico, emotivo y abstracto, más que en el mimetismo- serán más performantes que las otras.
Existen culturas que admiten y estimulan el pensamiento abstracto, emotivo y crítico y que, por ello, pueden acceder con mayor facilidad al pensamiento científico y a sus aplicaciones técnicas. Éstos son los grupos humanos que progresan. Existen muchas otras culturas, de carácter fundamentalmente empírico, basadas en la observación crítica experimental; en ellas, el progreso técnico procede por “ensayo y error”, sin acceder por ello a la creatividad de la abstracción critica, que les permitiría comprender y dominar los comportamientos regulares de la materia/energía.
Algunas culturas alcanzaron un estadio en el que suele predominar el pensamiento abstracto y critico, con creatividad emotiva; estos grupos culturales desarrollan tecnologías basadas en los avances de la ciencia experimental. Por esta razón, pueden  dominar, en el plano tecnológico, a los grupos humanos armados apenas con culturas empíricas y miméticas. Ahora bien, es gracias al enfoque abstracto y crítico que se puede superar el pensamiento mágico, la sumisión de la horda y acceder entonces al descubrimiento del individuo como persona autónoma y critica. Por esta vía llegarán más tarde a la noción de ciudadano, que es propicia a la emergencia de la idea de república –bien común compuesto por la cesión de parcelas de la autonomía de las personas-. Para que una república pueda existir realmente, primero debe haber un sustrato de personas autónomas e iguales que quieran devenir ciudadanos y compartir el bien común en su evolución histórica. En realidad, pocas son las verdaderas repúblicas; muchas, en cambio, las falsificaciones e imposturas.
En las antípodas de las sociedades productoras de personas autónomas se encuentran las culturas que se mueven preferentemente en el universo del pensamiento analógico y/o mágico. Estos grupos humanos producen folklores hermosos, porque están llenos de imágenes y analogías poéticas; pero no logran formar personas autónomas y críticas, sino tan solo individuos que funcionan como partículas elementales de colectivos humanos. Estos grupos echan mano del pensamiento mágico, de la religión supersticiosa o política y se dan caciques, caudillos, reyes y jefes para conformar entidades colectivas que alienan el pensamiento crítico y obstaculizan el pensamiento abstracto riguroso, sofocando la creatividad individual.
En realidad, la humanidad entera procede por etapas culturales; existe una evolución, no solo de las especies sino también de las culturas, humanas u otras (en ciertas especies animales se puede detectar claramente el uso de una cultura transmisible, generalmente local). En la evolución de las sociedades humanas, a partir de las primeras agrupaciones clánicas se paso a un estadio superior, el de las tribus, alianzas de clanes familiares; de allí se paso a la alianza de tribus, dando nacimiento a las naciones, los pueblos. Algunas de estas alianzas derraparon prodigiosamente.
Fue el caso de Roma; es importante saber qué y cómo ocurrió su evolución, porque venimos de aquella fuente cultural y su impronta cultural persiste en nuestros pueblos. Veamos el desarrollo de este film sin pretensiones y a grandes brochazos: cuando ciertas poblaciones tribales del Mediterráneo llegaban a sufrir una plétora demográfica, que los recursos locales ya no podían sostener, enviaban parejas de jóvenes a fundar un nuevo asentamiento, una colonia que dependía del asentamiento que las había enviado. Así, los griegos y los fenicios sembraron de colonias las costas del mar Mediterráneo. Pero los jóvenes latinos mandados por sus ancianos a fundar una nueva colonia, a unos treinta kilómetros de Alba, tuvieron una ocurrencia de genio que cambiaria la historia universal; decidieron no fundar una colonia etno-centrada, puramente latina, sino innovar profundamente su composición. Los imagino organizando en terrenos baldíos, al lado del Tíber, un buen campeonato de fútbol con los muchachos que venían de las poblaciones extranjeras vecinas –en principio, para ese tiempo y esas culturas etno-céntricas, eran enemigos y un encuentro fortuíto podía degenerar en pelea mortal-. Pero los muchachos se entendieron tan bien, que no tuvieron más ganas de hacerse la guerra. Los latinos decidieron entonces proponer a los otros fundar un asentamiento pluricultural, un nuevo pueblo que les permitiera vivir juntos y en paz. Esto era y sigue siendo inadmisible para las mentalidades segregacionistas de los pueblos endogámicos; por ejemplo, los pueblos tribales o teocráticos. Sin embargo, es así como nació Roma, compuesta desde su fundación de latinos, etruscos, sabinos, tal vez de algunos descendientes de troyanos refugiados, y también algunos rejuntados oscos o ligures que se habrían perdido por allí. Lo del campeonato de fútbol es obviamente invento mío; pero Roma se estableció antes del año 753 a.J.C., creada por una mezcla de jóvenes de estos distintos pueblos: algo inusitado y revolucionario en aquellos tiempos.
Excavaciones de los últimos treinta años ubicaron las fundaciones primitivas de la ciudad de Roma (eran chozas). Hallazgo sorprendente, también encontraron el trazado de una calle que envolvía una parte de la empalizada protectora del pueblo nuevo. Esta calle estaba abierta al campo, permanecía sin puertas: todo aquel joven extranjero (no latino) que ingresara por esa calle a la ciudad –y un pueblo pequeño constituído por ciudadanos es ya una ciudad, desde el punto de vista cívico e institucional- podía solicitar la ciudadanía de la nueva implantación. Esa calle se llamaba ASILUM; es el origen del derecho de asilo. No es extraño entonces que haya sido precisamente allí donde la plebe -mezcolanza de inmigrantes extranjeros modestos, sin ciudadanía (“sin dios ni patria”, decían los antiguos latinos)- se rebelara más tarde contra la oligarquía formada por las familias fundadoras. Abandonaron Roma y se fueron a fundar en un paraje cercano otra ciudad libre, a semejanza de ésta. Lo que parece increíble es lo que sucedió luego, al cabo de algunos años de esta separación: los orgullosos oligarcas, ricos descendientes de los fundadores de Roma, vivieron durante un tiempo del trabajo de sus esclavos, sin el auxilio de los industriosos artesanos de la plebe. Pero alguien entre los oligarcas, quizás algunos de entre ellos tuvieron el genio de proponer lo impensable en el mundo etno-céntrico y tribal de aquella época: ir a negociar con la plebe independiente, con aquellos para ellos despreciables “sin dios ni patria”, para pedirles que regresaran a Roma a cambio de otorgarles a todos la ciudadanía romana, permitirles integrar las Legiones (es decir, poder armarse como ciudadanos) e inscribirse en los Censos de población que se renovaban cada lustro. La plebe acepto la oferta y regresaron a Roma, ya como ciudadanos, en una fecha que la Historia no pudo determinar. A partir de aquel pacto, Roma inscribió en sus sellos el acrónimo SPQR, que significa Senado y Pueblo de Roma. Esta integración hacia volar en pedazos los valores de las culturas etno-céntricas y tribales; era inaudita e incomprensible para los otros pueblos de la época. La diferencia entre Roma y la civilización griega devino, desde entonces, abismal: ¡jamás los griegos han ciudadanizado a sus metecos ni a sus ilotas!! Siglos más tarde, un intelectual heleno escribió algo así como: “¡Así es fácil! ¡Los romanos hacen ciudadanos a cualquiera!”.
De este modo, los romanos se hibridaron, genética y culturalmente en la dignidad de la ciudadanía, desarrollando un vigor híbrido desconocido hasta entonces, que no fue practicado por ninguna otra civilización. Además elaboraron una innovación jurídica mayor, para poder superar las reglas teocrático-racistas de los pueblos antiguos (incluso del viejo pueblo latino) y poder así entenderse cívicamente entre patricios y plebeyos: inventaron y desarrollaron un derecho paralelo al de los patricios fundadores -que componían el Senado-, el Derecho de Gentes, que es el derecho que nos rige hoy en el entero Occidente y que permitió el advenimiento del mundo moderno, hecho de integraciones y mestizajes.
Es difícil encontrar la trazas escritas de este relato entusiasmante; él es fruto de muchas lecturas, a lo largo de décadas; me seria casi imposible citar las referencias precisas y mismo los autores. En el ensayo que he publicado en Buenos Aires, “Pioneros y frentes de expansión agrícola”, figura una bibliografía abundante pero incompleta. Lo importante de este relato es que la Historia que nos compite se nos presenta como un hilo, una evolución inteligible, una lógica que se desarrolla en el tiempo y de la cual han surgido América y las repúblicas rioplatenses. Es importante saber por qué somos lo que somos; y lo sabremos mejor si conocemos nuestros lejanos orígenes, el origen y la evolución de la civilización romana, cuya cultura renació de sus propias cenizas: fue el Renacimiento y el comienzo de los tiempos modernos, en los que la invención de América se inscribe como una extensión del Occidente europeo.
La república plebeya nace naturalmente en Roma -tramposa y clientelista, debemos reconocer-, poco después de la república oligárquica de Atenas. Ambas ciudades, ambos Estados se influenciaron mutuamente, para formar la cultura greco-romana, matriz cultural del mundo moderno, que se extiende ya a los confines de la Tierra; matriz de las ciencias y la tecnología moderna, porque privilegia el pensamiento critico y abstracto, y la creatividad individual, liberándonos de la magia, los caudillos y la violencia de los tiempos bárbaros, colectivizantes. Una es la cultura republicana; otra, la de las masas conducidas por caudillos o líderes religiosos. La cultura como sistema estándar de percepciones y respuestas es entonces la variable más importante que regula la evolución de un pueblo; su estadio de evolución es clave para entender los comportamientos y la racionalidad de las personas de tal o cual cultura, en un mundo cosmopolita.
Como se vio claramente en el relato sobre Roma, no es la pureza étnica ni la verticalidad autoritaria lo que garantiza el progreso de una sociedad, sino más bien sus contrarios. Las culturas tribales, clánicas, las sociedades autoritarias, teocráticas, las dictaduras, los caudillismos y, en general, toda sociedad verticalista, constituyen obstáculos para la emancipación del ser humano. Pero nadie llega espontáneamente a liberarse de una cultura alienante; para ello es necesario un contexto y ciertas condiciones. Sin embargo, la transformación endógena de las matrices culturales todavía no fue objeto de una construcción teórica ni de un desarrollo práctico; los programas de combate a la pobreza son de una pobreza intelectual desoladora y de una dispendiosa esterilidad a medio y largo plazo. Las escuelas no bastan; llegan demasiado tarde, cuando los cerebros de los pequeños ya están estructurados en una cierta cultura. Los cambios profundos de la matriz cultural son más fácilmente asimilables cuando son propuestos con amor, con afección (y una buena nutrición y salud); solo las madres son capaces de asegurar esta tarea con tenacidad y seguridad.  Pero nadie transmite lo que no posee.
Como escribiera Lenin al umbral de la Revolución de Octubre: ¿qué hacer? Porque la batalla por la transformación endógena de aquellas culturas que hoy todavía están desaventajadas en el mundo moderno, debe ser preparada ya.  Lo demás son discursos vacios.
La presentación muy positiva que hacemos de nuestro acerbo cultural romano no debe hacernos olvidar los gravísimos problemas internos por los que atravesó aquella sociedad, destructurándose hasta  tal punto que su parte occidental devino una presa fácil para las tribus invasoras bárbaras. Las luchas internas por la conquista de la ciudadanía romana por parte de los italiotas (nativos de Italia y el Narbonés que no gozaban de los mismos derechos que sus vecinos e invasores romanos) fueron feroces y prolongadas. Otra reivindicación violenta fue la de una equitativa repartición de las tierras de labranza. Un Consejero agrícola británico en India, Sir  Albert Howard, conocido adalid de la agricultura de conservación, siguiendo las informaciones de una gran referencia en materia de Historia romana –Mommsen (1894)-, opinaba en 1940 lo siguiente: “La agricultura de la Roma antigua fracasó porque no pudo conservar la fertilidad del suelo. Los agricultores del Occidente están repitiendo los errores cometidos por la Roma Imperial... El Imperio Romano duró once siglos. ¿Cuanto durará la supremacía del Occidente? La respuesta depende de la sabiduría y del valor con que la población pueda resolver los problemas que realmente tienen importancia. ¿Puede la humanidad regular su vida en tal forma que su bien más precioso—la fertilidad del suelo—sea conservado? De la respuesta a esta pregunta depende el futuro de la civilización.”
Sin llegar al extremo de centrar las posibilidades de supervivencia de nuestras sociedades únicamente en la conservación de la fertilidad de los suelos, hay que reconocer que el capitalismo mundializante suele producir este tipo de estragos graves. La mundialización comenzó en Roma con sus frentes de expansión agrícola, que extendían tres cultivos para producir sus “steady stapple” (materias primas más solicitadas en el mercado -commodities-); estos eran el vino, el aceite de oliva y el trigo. La dinámica de estos frentes de expansión acarreó una fuerte especulación fundiaria, la concentración de las tierras y, según el autor citado, el agotamiento de los suelos. Howard concluye diciendo que: “...la historia agrícola del Imperio Romano terminó en un fracaso, debido a su incapacidad para comprender el principio fundamental, según el cual el mantenimiento de la fertilidad del suelo y las aspiraciones legítimas de la población agraria nunca deben estar en conflicto con las operaciones de los capitalistas.” A la lectura de numerosos trabajos de arqueología y de historia más recientes -el de Mommsen data de fines del siglo XIX-, no adquirí la convicción de que la agricultura romana haya sido un fracaso, sino al contrario, ciertamente un éxito económico y comercial gracias a la extensión de sus frentes de expansión agrícola de exportación. Lo cierto es que la península itálica, territorio donde tuvo lugar la mayor parte de los conflictos armados durante las guerras civiles, quedó dislocada en su agricultura y su organización fundiaria a causa de dichos conflictos. Otra consecuencia de las guerras civiles romanas fue la expulsión masiva de pequeños productores rurales, expropiados por los militares romanos, quienes las acaparaban en grandes unidades de producción. Las reformas de Diocleciano mandaron a la quiebra a docenas de miles de pequeños productores agrícolas, quienes se vendían como esclavos para pagar los nuevos impuestos extorsivos, que solo podían pagar los muy grandes propietarios. Así nació una oligarquía terrateniente y esclavista, que medró gracias a la miseria y la pérdida de la libertad de miles de sus conciudadanos. Es probable que la conservación de los suelos no haya sido entonces la primera preocupación de aquellos terratenientes, ni tampoco la de sus trabajadores esclavos. Es, pues, plausible que el agotamiento y la erosión de los suelos cundiera no sólo en Italia, sino también en el conjunto del Mediterráneo. Era un capitalismo agrario feroz, ávido y predador, como lo fueron igualmente los plantadores del Sur de los Estados Unidos, culpables de provocar la Guerra de Secesión en 1861 d.J.C.
Roma nos legó lo mejor y lo peor; resta a nosotros el prever las derivaciones perversas del sistema heredado.
Por tratarse de elaboraciones propias, no cabe dar referencias de autores sobre los conceptos expuestos acerca de la cultura, ni tampoco sobre los que siguen, que conciernen la dialéctica de las culturas. Los grandes autores de la antropología y la sociología no han abordado -al menos, en lo que está en mi conocimiento- la cultura como sistema desde este punto de vista práctico y operacional. Lo que nos motivó a emprender estas construcciones teóricas fue el deseo de encontrar un medio efectivo para transformar rápidamente y de manera endógena los patrones culturales de los criollos (y de todo otro campesino de cultura empírico-analógica), con el fin de que alcancen el nivel de eficiencia de respuesta que detentan sus vecinos gringos. Estos devienen casi naturalmente los patrones de los primeros allí donde las dos culturas entran en comunicación y comparten un mismo espacio. El desfase cultural que se crea es la principal causa de la pobreza, lo que provoca una situación estructural estable. Veamos rápidamente como ocurre.

Dialéctica cultural

Entre los grupos humanos dotados de un tipo de cultura de pensamiento critico y abstracto y los que funcionan principalmente con analogías, asociaciones de analogías y pensamiento mágico, existe un abismo que suele ser fatal a los segundos. Este abismo consiste en la importante diferencia entre sus respectivas capacidades de ocupación y valorización de un territorio; aparece desde que entran en contacto prolongado. Surge desde entonces un diferencial de capacidad de respuesta que favorece al grupo cultural más avanzado.
En efecto, cuando se encuentran sobre un mismo territorio, tarde o temprano los primeros lograrán dominar a los segundos –salvo violencia vencedora de los menos bien dotados en materia cultural-. Esto va creando sociedades asimétricas que segregan aquellos individuos que están culturalmente menos bien dotados, conformando así estratos sociales donde los grupos de cultura mágica y analógica serán recurrentemente los pobres de la Historia.
Este esquema interpretativo no se aplica sin correcciones ni ajustes a las diversas realidades sociales; sin embargo, señala una buena pista para superar el desfase cultural entre gringos y criollos, y entre criollos e indígenas. Esta pista superadora consistiría en adquirir teorías y prácticas aún inexistentes, destinadas a facilitar la transformación endógena de las culturas desaventajadas por un desfase cultural.
Una buena escuela y una nutrición infantil sana y suficiente son factores capaces de crear buenas condiciones para el desarrollo en las nuevas generaciones, en todas las culturas y todas las clases sociales; pero son aquellos niños formados desde el seno materno en las hormas culturales más eficientes, los que mejor aprovecharán de la escuela, de la alimentación y de la situación social que les toque vivir en sociedad. Es incidiendo en la transformación de las matrices culturales de las jóvenes madres que podría alcanzarse el ideal de una verdadera igualdad de oportunidades para los niños de todas las culturas.
Esto no supone invalidar las políticas redistribucionistas, ni la educación popular ni los planes de nutrición infantil. Todo ello es necesario; pero no es lo esencial para salir de pobres todos juntos. Para que los criollos tengan las mismas oportunidades que los hijos de gringos, deben poder absorber desde la cuna las mismas armas culturales de aquellos para que luego, en el resto de sus vidas, operen con la misma matriz de percepción/respuesta, con el mismo “sistema operativo” de su informática cerebral. Insisto, esta teoría de la transformación cultural sin asimilación, sin alienación, sin sometimientos culturales, no existe, que yo sepa. Trabajando durante décadas en instancias internacionales de todo tipo, desde los micro-proyectos de terreno hasta los mega programas del PUND, del Banco Mundial, de la FAO, de la UNESCO, de la Coopération Française o de la Comisión Europea, no he encontrado en ninguna parte este tipo de reflexión sobre los desfases culturales como causa de la pobreza estructural en sociedades mixtas. Los buenos operadores de terreno conocen bien esta temática, que es evidente; pero no suelen abordarla desde un punto de vista teórico, pues viven generalmente en la urgencia, desbordados por la presión de las necesidades perentorias de la población con la cual cooperan y a la cual deben dar alguna respuesta inmediata.
En consecuencia de este vacio teórico-práctico, se siguen despilfarrando miles de millones en programas ineficientes. Una vez que “los expertos”, los cooperantes o los misioneros se van, la gente cae en la vieja rutina y su vulnerabilidad frente a grupos dotados de culturas más eficientes hará nuevamente de ellos presas fáciles. Es lo que ocurrió en Fortín Olmos, chaco santafecino. Existe un film que presenta una experiencia de desarrollo fallida; pero que es fecunda en elementos que permiten replantear la temática del desarrollo, de la justicia redistributiva, de la escuela, de los planes de combate a la pobreza.
Este nuevo enfoque desplazo, por ineptas y erróneas, mis viejas ideas redistribucionistas, soberanistas, populistas, montoneras. El problema no se sitúa en la lucha entre asquerosos capitalistas masónicos o anglosajones y pobres autóctonos explotados miserablemente, entre imperialismo americano y liberación guerrillera, sino en saber cómo pertrechar las poblaciones culturalmente más vulnerables con métodos pedagógicos que les permitan una transformación endógena de sus propias matrices culturales, sin alienarse a las culturas que los dominan por son, en las actuales circunstancias históricas, más eficaces. Mientras este problema no sea resuelto en la práctica, el resto de las posiciones ideológicas seguirá siendo discurso superfluo o desubicado.

2.      La segunda crisis existencial fecunda comenzó bajo el gobierno de Campora, en el que participé activamente. Esta crisis se afinco en mí con el exilio político (fines desde de 1974). Atónito, perplejo ante la furiosa criminalidad de las huestes de Perón y, luego, de las Fuerzas Armadas, busqué respuestas aptas, satisfactorias a esta pregunta acuciante: ¿qué mierda nos está pasando a los argentinos (y al Cono Sur)?

Tenia que comprender estos derrapes violentos de la intolerancia focalizada contra aquellas fracciones -en general, de la juventud de clase media- que se habían entregado a diversos militantismos en pos de la justicia social y de la afirmación nacional. Los mejores elementos de la hoy llamada “generación del 70” fueron perseguidos salvaje y metódicamente, por grupos políticos aparentemente enemigos; peronistas y gorilas se encontraban enrolados en la misma represión de la juventud militante de los 70: ¿Por qué, esta alianza aparentemente contra natura?
Llegué a reducir estas preguntas a otra, derivada de las primeras: ¿cuáles fueron (y son) las condiciones que dan emergencia a la república y a la democracia?
Años de lectura me llevaron a indagar en los sumerios, los acadios, Nínive y Babilonia, los hebreos, los egipcios, Grecia y Roma antiguas, las invasiones bárbaras, el feudalismo, el largo y fecundo proceso de Renacimiento de la civilización romana, la plétora económica que este proceso produjo y que llevo a los europeos modernos a expandir ultra-atlántico sus tierras productivas y sus colonias de poblamiento. La Conquista española es un capitulo más que interesante en toda esta saga histórica; el maestro de historia que me ilumino precozmente a este respecto fue Rodolfo Puiggros, con su libro “La España que conquistó América”.
La Independencia y lo que siguió también me intereso intensamente. Creo haber podido organizar un cuadro interpretativo satisfactorio, nacido de aquellas angustiosas interrogaciones y que responde -estoy convencido- eficientemente a los interrogantes actuales que se plantean los rioplatenses en materia de política, de economía, de federalismo, de desarrollo autónomo; pero también, de identidad y de cultura.
A los efectos de su comparación, retomo el esquema binario del Arq. Garrappa, que atribuye a los pueblos de la llanura pampeana una apertura cultural a Las Luces; actitud e intereses portuarios lo explicarían. Según este esquema, una actitud opuesta es atribuida a los montañeses -¿como Juan José Paso y Juan Bautista Alberdi?-, presuntamente ajenos a esta impregnación foránea, insensibles al espíritu del Siglo de las Luces.
Sin necesariamente desestimar el factor aislamiento geográfico que torna difícil la circulación de ideas, informaciones e intereses, pienso que la formación moderna del país rioplatense puede ser mejor entendida si la colocamos en el contexto de la expansión mundial del capitalismo industrial.
En este contexto, la expansión de los cultivos de agro-exportables en las fértiles tierras pampeanas llevó al fortalecimiento de un centro portuario de exportación y al desarrollo de redes de transporte y comunicación eficientes, para unir las periferias productoras de los “steady stapple” del momento (cereales, carnes bovinas, lanas) a los puertos de exportación. Se trata de un sistema de oferta de bienes de exportación que organiza su espacio según el clásico esquema en “centro y periferias”. Este esquema fue ideado por un economista tucumano, Raúl Prebisch, quien entendía aplicarlo a la escala mundial, dividiendo el planeta en países centrales y países periféricos. Sus bases teóricas –la deterioración de los términos del intercambio- dejaron de ser válidas en la actualidad. Pero el esquema en “centro y periferias” sigue siendo útil para describir un sistema que posee un centro urbano-portuario, concentrador de las riquezas reales que serán exportadas y que recibe y retiene los contravalores monetarios de la exportación. Confrontado al polo central se esparcen unas periferias productivas, sistemáticamente esquilmadas por las funciones económicas y administrativas que residen en el centro. Es así como funciona el país real argentino, cualquiera fuere el color y el discurso ideológico de los gobernantes de turno. Los mentados productos de agro-exportación ocupan, lógicamente, las tierras agrícolas, no las montañas, ni los desiertos ni los esteros; allí donde las tierras ocupadas por el monte o la selva pueden ser puestas a producir los corridos agro-exportables, se desmonta sin miramientos, tanto cuanto los mercados de la demanda externa estén dispuestos a pagar por estos productos, a precios que hagan rentables en el corto y mediano plazo los gastos del desmonte. No es cuestión de un país del llano y otro, de la montaña, sino de un único sistema que va englobándolo todo, mientras la locomotora económica -que es la demanda externa- siga tirando del complejo de oferta de agro-exportables. Poco importa que las tierras sean más o menos frágiles, que las pendientes sean pronunciadas, que haya que regar para producir los mentados “steady stapple”; todo lo que sirva para producir estos agro-exportables será puesto al servicio de su producción, mientras el negocio continúe siendo rentable para los agricultores. Así llegamos a la situación descripta por Howard como causa de la decadencia del Imperio Romano; el capitalismo de exportación opera en todo tiempo y lugar con una misma racionalidad esquilmante  de aquellos factores de producción que son incapaces de protegerse de su voracidad; estos factores de producción son la naturaleza y los humildes. Expongo in extenso este sistema en el ensayo “Pioneros y frentes de expansión agrícola” (editorial  Orientación Gráfica; 2010).
¿En qué incide el funcionamiento de este esquema de organización económica y espacial de nuestra sociedad sobre la república y el funcionamiento democrático del país? Aparentemente, en nada. ¿Qué tiene que ver el funcionamiento de un sistema agro-exportador organizado en centro y periferias, con la feroz represión de las juventudes de clase media en los años 1970? No se percibe claramente ninguna relación, a primera vista. ¿Por qué aquella feroz represión fue programada y acometida por los más enconados enemigos de ayer –Perón, sus secuaces y los gorilas-? ¿Por qué esta alianza monstruosa aparentemente inexplicable? ¿Qué mierda nos está pasando, argentinos? Todo parece sumamente confuso, incoherente, inconexo, contradictorio. Y es así como lo ha vivido efectivamente una gran parte de nuestra población, durante los años 70 y 80. Sin embargo, existe una lógica subyacente, que convierte la confusión en un cuadro lógico y las contradicciones se explican.
Se trata de la dialéctica de culturas en un país como el nuestro, formado para la agro-exportación dentro de un sistema de comercio internacional donde las demandas comandan a las ofertas.
El Señor feudal Juan Manuel de Rosas sofocó cuanto pudo el comercio de las provincias, para detener firmemente el monopolio del puerto de Buenos Aires; por este motivo de racionalidad feudal, cerró los ríos a la navegación de las provincias litorales. El combate de Obligado terminó con esta pretensión de Señor feudal abusivo, abriendo la navegación del Paraná al exterior. Rosas nunca fue un patriota argentino, sino un Señor feudal español implantado en tierras criollas. Jamás se comprometió en las luchas por la Independencia, siendo que siempre tuvo una tropa armada a su servicio, según la más rancia tradición feudal: para el feudal, no hay nación; la nación es él mismo. Lo único que puede llegar a admitir es la monarquía de origen feudal (España, Inglaterra, Francia). En esto se entendía a maravillas con otro feudalizante, el monarquista general San Martín. En el relato que hiciera Rosas de la campaña en el Sur de la provincia de Buenos Aires contra los indios, ofensiva feudal donde hubo masacres, genocidio indígena y también negociaciones, se le escapó en una frase “nosotros, los españoles”; los comentarios son obvios.
Afortunadamente para los argentinos, los intereses de los caudillos y empresarios del Litoral entraron en conflicto abierto con este Señor feudal atrabiliario y absolutista. Una coalición fue organizada, donde intervinieron tropas del aliado brasileño; vecino éste culturalmente más moderno y materialmente menos desarrollado que los argentinos de entonces, con quien convenía y conviene siempre tejer una alianza estrecha, si no una integración. Gracias a esta alianza, que preanunciaba la del Mercosur, las tropas del Gran Feudal del Plata fueron vencidas en la batalla de Caseros (o Merlo, como bien señala el Arq. Garrappa).
Su racionalidad feudal quedo abolida, dando paso a un proyecto burgués de dimensión nacional, impulsado por Justo José de Urquiza, empresario moderno tanto como caudillo. Sin embargo, el país criollo, tanto el de la llanura como el de la montaña, no estaba culturalmente preparado para dar un salto, una ruptura de cultura, pasando del atávico caudillismo feudalizante a una sociedad de agro-exportación auto-industrializante, basada en una reforma agraria que nunca tuvo lugar en este país. La reforma agraria querida por Urquiza y J.B. Alberdi consistía en acoger una inmigración de labradores europeos para darles en propiedad tierras agrícolas, dentro del sistema argentino o a conquistar al indio. Los intereses y la mentalidad feudalizantes pudieron con este proyecto, que abortó estrepitosamente; Urquiza fue asesinado por los esbirros de un caudillo federal entrerriano y Alberdi se exilio en Paris, donde murió pobre y olvidado del país al que dio una Constitución, la de 1853.  El resto es una historia de feudalizantes, que continúa hoy día, donde Señores feudales se alternan en el poder con sus siervos feudalizantes. Gorilas contra peronistas, peronistas contra gorilas y todos son feudalizantes; éste es el ballet vergonzante al que asisten impotentes los pioneros agrícolas argentinos que no se han asimilado a una de las dos variantes del lastre cultural argentino, lo feudalizante.
Sin embargo, este esquema de formación de una economía de agro-exportación fue seguido por regiones hoy ricas, que se han industrializado o están siéndolo en estos años: el Medio Oeste norteamericano, las Grandes Llanuras canadienses, la inmensa área de influencia de los frentes de expansión centrados en el polo de crecimiento Sao Paulo, la región sudeste de Australia, la Nueva Zelanda. Todas estas regiones se desarrollaron según el mismo esquema agro-exportador que el de las llanuras pampeanas. La diferencia no estriba en que en un caso, los pioneros son anglosajones, como creía Juan Bautista Alberdi; ¿cómo explicar la pujanza pionera de los frentes de expansión paulistas, que pertenecen a la cultura lusitana? ¿Cómo explicar que el Quebec y la provincia kaledoche de Nueva Caledonia, ambos de cultura francesa, progresen a la par de los otros países con frentes de expansión de agro-exportación, como los Estados Unidos o el Brasil? Pero sobretodo, ¿cómo se explica que el capitalismo haya surgido en tierras italianas, de cultura italiana, desde al menos el siglo XI d.J.C.?
La diferencia entre las contradicciones que roen y bloquean la sociedad argentina y esos otros países nuevos, modernos y pujantes, se encuentra en que aquellas regiones lograron auto-industrializarse intensamente, desarrollando un mercado de consumo interno expansivo y potente, gracias a estar piloteadas por una clase de pioneros modernos, de origen europeo moderno (¡no feudales, como los españoles que formaron la América hispánica!!). La pujanza de estas burguesías nacionales modernas ha fortalecido la unidad nacional, ha afincado millones de familias de inmigrantes europeos –fuerza de trabajo considerable, que aporto su cultura moderna a la expansión de la sociedad toda entera-. Otra diferencia fundamental entre la Argentina y esos países reside en que en el nuestro, los feudalizantes –desde Juan Manuel de Rosas hasta Juan Domingo Perón Sosa, pasando por la oligarquía liberal y sus esbirros militares- han bloqueado eficazmente, a los millones de europeos que inmigraron a la Argentina, el acceso a la tierra, a las armas y al ejercicio de la política. La Patagonia hubiera sido otra, si los gringos hubieran podido desarrollar allí el proyecto de expansión poblacional y económica que, en cambio,  han podido desenvolver en los países nuevos donde había una burguesía nacional moderna, no una sociedad criolla atrasada y recelosa de sus privilegios y sus valores obsoletos. Perón jamás permitió una reforma agraria, que sin embargo hubiera fortalecido la influencia económica y política de la gringada agrícola; en buen criollista, es quizás lo que lo motivo para nunca ofrecer a los gringos una reforma agraria; solo algunas leyes de arriendos. Y si miramos para atrás en nuestra historia, vemos que Rosas impidió la inmigración y la organización de un mercado nacional. Los oligarcas de la generación del 1880 han desarmado a los colonos europeos toda vez que éstos tentaban hacerlo; les impidieron así participar en la conquista del desierto. Esta fue realizada por tropas de gauchos hambrientos y sometidos, para luego repartirse las tierras entre las élites feudalizantes, que así se fortalecieron aún más. La política anti-gringo agricultor fue consecuente, tenaz y eficiente: los feudalizantes de todo pelo han logrado sofrenar el impulso expansivo de los inmigrantes europeos, sometiéndolos incluso en lo educativo y cultural: no existe una identidad gringa, como sí existe una yankee en los Estados Unidos o una brasileña en el Brasil, país donde la influencia de la masiva inmigración de familias portuguesas impuso un modelo de campesino que deviene burguesía nacional, del que la Argentina fue birlada por sus feudalizantes.
Sin poseer la tierra que trabajaban, sin armas para defenderse del Indio, sin autorización del gobierno para conquistar las tierras agrícolas en manos de los aborígenes, sin acceso al gobierno –salvo individualidades oportunistas-, los gringos de la Argentina fueron impedidos de producir la expansión económica, territorial, cívica que los inmigrantes europeos han hecho, en cambio, en los países de origen  portugués, inglés y francés ya mencionados. El problema argentino es pues, de índole cultural: mientras se siga pensando y enseñando que el argentino por antonomasia es el criollo, que el Martín Fierro es la referencia identitaria nacional, que el que se anima a profesar las verdades de esta nota es un traidor a la patria, se continuará ninguneando a las dos terceras partes de la población del país, que es de origen gringo y posee enormes energías para el desarrollo nacional.
El problema es claro y la solución aparece netamente: refundar el país, crear una Segunda República (Francia va por la cuarta y se está actualmente discutiendo de la oportunidad de pasar a una Cinquième République). Nuestra refundación debiera redefinir la identidad del argentino para dar su lugar merecido al gringo y a su descendencia hibridada. Esta descendencia fue salvajemente perseguida en los años 70 porque por la primera vez en la historia argentina, una generación se levantaba usando de las libertades desconocidas en la cultura feudalizante, con enfoques y tipos de análisis modernos, aunque lo hiciera en orden disperso y blandiendo lemas muy diversos y hasta opuestos entre sí. Esta generación híbrida de cultura gringa asumía así un verdadero protagonismo cívico, necesariamente enfrentado a los feudalizantes de todo pelo. Ella venía preñada de un bebé explosivo para la sociedad criollista, que lo hizo abortar: ese bebé se llamaba “tanteos pseudo-revolucionarios”; creciendo y ya joven adulto, hubiera mostrado su verdadera faz, la de una burguesía nacional naciente, aún hoy inexistente pues la represión de esa juventud fue eficaz. La JP en manos montoneras no era auténticamente peronista, porque no era feudalizante como el Caudillo. Por su origen de clase y su impronta cultural de origen gringo, la mayoría de la juventud de los años setenta estaba necesariamente confrontada con la sociedad feudalizante que este líder representa todavía. Muchos de aquella generación aún no han cobrado consciencia del proyecto de burguesía nacional moderna (cultura gringa) que la corriente de fondo de la generación del 70 portaba en si.
Visto así, todo se explica: desde el sable que San Martin, el monarquista, donó al Gran Feudal bonaerense, hasta la espuria alianza entre peronistas auténticos y gorilas tenebrosos: todos juegan en el mismo equipo, todos patean para el mismo arco, el de la modernidad que la inmigración gringa hubiera podido aportar, si la hubieran dejado jugar el juego del que era capaz.
Lo que ocurrió en los años 70 debía ocurrir; necesariamente; pues la tercer generación gringa nacida en el país debía reclamar un lugar protagónico, el puesto que le corresponde, ya que es la mayoría de la población. Casi cinco millones de europeos se afincaron ¡en un país poblado por solo 1650000 criollos! ¡Y esta sociedad sigue arbolando una identidad criolla, caudillista, feudal!!  
A las mismas causas, los mismos efectos: la emergencia gringa de los 70 se repetirá, necesaria y dolorosamente, porque la asimetría entre el poder detentado por los feudalizantes y el peso de la actividad y la presencia de los descendientes de gringos hará fatalmente insostenible la vigencia del relato histórico feudalizante y criollista. Pero este relato identitario ha logrado contaminar las mentes de los ninguneados, que parecen a veces hablar por boca de sus abusadores feudalizantes. Este tipo de ninguneo es peligroso; algo similar llevo a la Guerra de Secesión en los Estados Unidos, entre feudalizantes aristocráticos y gringos laburadores y progresistas. En el Brasil no hubo necesidad de guerras civiles para establecer gobiernos de burguesía nacional; hasta el portugués analfabeto más pobre es, en su mente, un labrador, un trabajador, no un parásito feudal, no un caballero. Dominantes en su propia sociedad, cuando se enriquecen forman naturalmente una burguesía nacional.
Sin burguesía nacional, inexistente en la Argentina por el vigor que conservan los feudalizantes, el sistema de expansión económica basado en el esquema agro-exportador en “centro y periferia” no puede conducir a la auto-industrialización ni al desarrollo genuino de un mercado interno poderoso, que libere este sistema de la dependencia a las exportaciones.
En la situación feudalizante que es la de la Argentina actual, donde peronistas y gorilas siguen peleándose “pour la gallerie” (baste leer Página 12 y La Nación), pero que se ponen de acuerdo a la hora de estocar a los gringos del campo, jamás surgirá una burguesía nacional. En consecuencia, la industrialización no será espontánea, funcional, locomotora que empuje constantemente con sus propias fuerzas el crecimiento de la demanda interior. Cuando los peronistas cerraban el Puerto Nuevo y desmantelaban los ferrocarriles que servían a la exportación de productos agrícolas, los Estados Unidos invertían miles de millones de dólares en el refuerzo y la extensión de sus propias líneas férreas, destinadas mayormente al transporte de cereales y de productos industriales de exportación e importación. En estas condiciones, el esquema agro-exportador seguirá siendo para la Argentina una cadena de dependencia al exterior, una sangría de nuestros recursos y capitales, una causa de nuestra ya habitual fuga de cerebros y capitales; al revés de lo que está ocurriendo en países con burguesías nacionales modernas, como el Brasil, los Estados Unidos, el Canadá.  En esos países, los feudalizantes no existen; sí existen, en tierras formadas por la Conquista feudal española.  En países de feudalizantes, la república es una entelequia y la democracia, o mentira o demagogia caudillista.
Hemos señalado los pernicioso de este gato cazador, el criollismo feudalizante; pero ¿quién le pone el cascabel al gato?

jueves, 8 de noviembre de 2012

INDEPENDENTISTAS Y FEUDALIZANTES (1)

Por Ivan Jorge Bartolucci
(Paris, martes 4 de septiembre de 2012)


Mi relación con Iván comenzó revolviendo la historia del arte en nuestro país, en búsqueda de un tal Augusto Bartolucci. Colaborador (?) del malogrado arquitecto piemontes, Vittorio Meano.
La investigación y publicación de artículos sobre la influencia insoslayable -en la arquitectura nacional de fines del siglo XIX y principios del XX-  de los arquitectos italianos, me llevo hasta el proyectista del Congreso Nacional.
Por su parte, María Luisa Contenta, amiga argentina que vive en Roma y se desempeña en la Real Academia Española en la capital italiana, me propuso colaborar -con parientes directos de Bartolucci- en la búsqueda de algunas piezas perdidas del rompecabezas incompleto del pintor-arquitecto italiano y de su participación en ese periodo fastuoso de la Republica Argentina.
Durante esa pesquisa, apareció Iván Jorge Bartolucci -escritor y bisnieto del misterioso y controvertido artista- emigrado y radicado en Europa desde los tiempos duros de la Argentina.
Esta maravilla que es Internet, nos permitió o, mejor dicho, me regaló el placer de poder “dialogar” con el sobre temas que marcaron a fuego la historia nacional y, en particular modo, a nuestra generación. Muy especialmente sobre un trabajo suyo intitulado: “Historia de Independentistas y feudalizantes”.


HISTORIA DE INDEPENDENTISTAS Y FEUDALIZANTES


Una nota del periodista y escritor Rolando Hanglin publicada hoy -04/IX/2012- en el diario porteño La Nación, titulada Una bofetada a San Martín, es lo suficientemente provocadora y seria para estimular numerosas reacciones. He aquí la mía, que es opinable y no tiene otro propósito que el de compartir una nueva lectura de nuestra historia, una cierta manera de abordar la sempiterna cuestión irresoluta y planteada crípticamente en la nota de Hanglin, la de la identidad nacional actual, la del modelo de sociedad republicana que sería deseable para nuestro país, la de centrar nuestra cultura en una modernidad republicana, democrática, solidaria, integradora, evolutiva, que supere el lastre feudal de los conquistadores castellanos, todavía vigente.

 

Como toda historia regional, la del Río de la Plata puede ser dividida en periodos con el fin de simplificar la comprensión del hilo que nos lleva desde los orígenes hasta el presente. En nuestra opinión, si queremos entender lúcida y correctamente la sociedad argentina actual, debemos colocarla dentro de su contexto americano y enfocarla de alguna manera que permita explicar los malentendidos y tensiones que se producen de modo recurrente entre lo que el periodismo suele llamar “el campo” y “la ciudad”. Por ello conviene distinguir los períodos siguientes:

 

1)   Período pre-americano (hasta 1516, viaje de Juan de Solís al Río de la Plata);

      los subsiguientes son períodos americanos.

2)   Período de la Conquista colonial hispánica (de 1516 a 1810)

3)   Período de los independentistas (1810-1852)

4)   Período de la Confederación argentina (1852/1859)

5)   Período de los feudalizantes oligárquicos (1859/1943)

6)   Período de los feudalizantes populares (1944/2012 ...)

 

(1)  Período pre-americano (previo a 1516)

 

El período pre-americano produjo poblaciones que se inscriben en culturas cuyo estadio de evolución las equiparaba a las sociedades neolíticas o paleolíticas de otras latitudes, ya con una integración incipiente de la metalurgia. En la línea de la evolución general que se ha constatado hasta hoy en las culturas humanas, este estadio corresponde a una estructura tribal de la sociedad y, por lo tanto, a una sociedad colectivista. Los datos del terreno lo confirman también en las sociedades pre-americanas. Aún los grandes imperios pre-americanos se fundaban en este tipo de estructura colectivista y tribal. En este tipo de sociedades, la persona por antonomasia es el ente colectivo; no, el individuo, quien solo es un elemento del colectivo. No existe en ellas ni ciudadanos libres, ni solidaridad individual facultativa y voluntaria, sino un altruismo regido por las costumbres, destinadas a mantener en vida el ente colectivo; no, a emancipar los individuos. En consecuencia, son sociedades ante-republicanas.

En efecto, la república es una construcción social, cultural, fabricada por ciudadanos que deciden o aceptan crear un bien común, una res publica; pero para que emerja el ciudadano, el individuo debe poder ser una persona libre, lo cual requiere una autonomía individual a nivel psicológico e identitario, suficiente como para superar sus lazos y condicionamientos colectivos. La identidad y la ética cívica del ciudadano son individuales, al igual que sus derechos inalienables. Sobre la base de una asociación de ciudadanos para fundar un bien común, una ética republicana y un altruismo colectivo emergen (o debiera hacerlo). La identidad cívica del ciudadano es (o debiera ser) fruto de la elaboración del individuo que actúa y que se piensa como persona autónoma, aunque esté fuertemente condicionado y que ésta, su elaboración, sea necesariamente interactiva y circunstanciada.

Es sobre estas bases que puede emerger y desarrollarse el pensamiento crítico y, por ende, el pensamiento científico y la tecnología científica, en constante evolución. No es la democracia –que existe ya en las sociedades colectivistas-, sino el ejercicio constante del pensamiento crítico libre lo que permite la emergencia concomitante del ciudadano autónomo y de la república; y es el ejercicio del pensamiento abstracto y crítico lo que abre las puertas mentales hacia la ciencia y la tecnología modernas, cuando este tipo de pensamiento prima en una sociedad o un grupo. De allí, la modernidad.

Nada de esto existía en las sociedades pre-americanas, pues sus culturas se hallaban en un estadio aún colectivista –no confundir este colectivismo cultural, con las formas colectivistas creadas por vía de una solidaridad voluntaria individual-. Por esta razón, las sociedades pre-americanas son sociedades pre-modernas, pre-científicas, pre-industriales. Debido a la escasa capacidad que este tipo de sociedad posee para integrar al Otro diferente –individuos, grupos o naciones-, son sociedades etno-céntricas que producen comunitarismos. En el mejor de los casos, sociedades de tolerancia o de sumisión; no, de integración.

 

(2)   Período de la Conquista colonial hispánica (de 1516 a 1810)

 

América es un invento europeo. La Conquista hispánica fue la última gran hazaña del feudalismo europeo, ya agónico fuera de España, mientras que la colonización de poblamiento en América es un fenómeno moderno, que España evitó meticulosamente -salvo en Chile-. En el Río de la Plata, el período de la Conquista estableció, desde sus puestos de comando hasta su soldadesca y peones, una población de origen europeo predominantemente masculina, de cultura feudal, pre-moderna, ante-republicana. El colectivismo y el etnocentrismo de las culturas neolíticas originarias fueron absorbidos en las zonas enteramente dominadas por el español, donde un mestizaje intenso de los conquistadores con mujeres pre-americanas dio nacimiento a la cultura criolla, de la que el gaucho es un emblema por antonomasia en la región del Plata.

En el período que caracterizamos como de la Conquista, podría correctamente distinguirse un subperíodo de Conquista propiamente dicha y otro, de régimen colonial. Sería correcto; pero no, procedente. Porque correríamos el riesgo de hacer creer que hubo una colonización de la América hispánica, siendo que no la hubo y ésta es precisamente la causa de las derivas feudalizantes –los caudillismos- y del relativo atraso de esta parte del mundo. A la excepción parcial de Chile, la España que conquistó América no la pobló con familias de trabajadores y labradores; no trajo a esta parte del mundo sus mujeres, transmisoras de una cultura del trabajo, de la modernidad, del  capitalismo primigenio, manufacturero y agrícola. Sin embargo, ellas existían y eran numerosas en la Península en la época de la Conquista. Por lo contrario, el conquistador estableció un régimen colonial de férrea y nítida racionalidad feudal; las pocas españolas que vinieron a establecerse en América fueron transmisoras de cultura y valores feudales, no de modernidad ni de trabajo productivo, al contrario de las colonizaciones portuguesa, inglesa y francesa. Los resultados de este sesgo feudal hispánico y de aquellas opciones de poblamiento productivo moderno tomadas por los países mencionados, son evidentes en el continente americano. Esto se explica, no por cierto por un supuesto atraso cultural de los españoles, sino por la relación de fuerzas que prevalía entonces en los reinos de Castilla y Aragón, ampliamente favorables a las clases feudales y a una Iglesia pergeñada por el poder feudal y a su servicio. La expulsión de los jesuítas aporta una prueba trágica de este predominio feudal.

Sin embargo, los conquistadores y sus sucesores utilizaron herramientas típicamente modernas, renacentistas, para asentar rápidamente el poder hispánico sobre las poblaciones autóctonas de  América: redes de ciudades –pero los feudales son rurales-, dameros de tipo romano en el trazado urbano –pero las ciudades de los feudales, en España y en el resto de la Europa feudal, tienen trazados aleatorios-, puertos y sendas que comunican las ciudades entre sí –pero los feudales no montaron redes urbanas en Europa, sino que lo hicieron sus enemigos jurados, la burguesía-, monetización vil del trabajo (el régimen de la mita) –pero el feudalismo no se basaba en el desarrollo de las manufacturas y el comercio, como sí en cambio ocurriera con los burgueses; el comercio capitalista necesita que todo sea monetizado, incluso el trabajo-. También han desarrollado algunas plantaciones esclavistas (es decir, de agricultura industrial proto-capitalista) e instauraron colegios y universidades en América. Este conjunto de elementos podrían hacer creer que hubo una colonización moderna, es decir, que ocurrió una efectiva y generalizada implantación de colonias españolas de producción capitalista para desarrollar un mercado abierto en América. En realidad, todos estos elementos de organización espacial, económica e institucional, que hubieran podido ser ocasión de una verdadera colonización productiva con familias europeas –como fue el caso en las colonias portuguesas, francesas, holandesas (N.Y.C.) e inglesas en América-, fueron desviados de su vocación moderna y renacentista original, pervirtiéndolos al ponerlos al servicio de la instauración de un régimen de racionalidad feudal arcaizante, esto es, de pillaje minero, de latifundios y de monopolio a escala continental, creando así una sociedad a estamentos cuasi estancos, estructuralmente injusta. Este régimen feudal, al tiempo que se implantaba en tierras americanas, reprimía sangrientamente las sublevaciones modernistas y democráticas de los comuneros de Castilla y Aragón y de las germanías de Valencia (1519/1522). Las regiones del Sur de la Península, que habían apoyado la reacción de la aristocracia feudal contra la emergencia de la modernidad en España –o bien, que se abstuvieron de intervenir en el conflicto-, proveyeron luego la mayoría de la gente que llevó a cabo la Conquista de América. Esto explica el hecho que, en la América hispánica, no haya habido colonización de poblamiento productivo moderno, con madres de familia trabajadora, sino una extensión del dominio feudal peninsular, Inquisición incluída. Sin embargo, existían en aquella España abundantes fuerzas productivas modernas, que hubieran hecho de la Conquista una verdadera colonización; pero fueron vencidas y en gran parte destruídas por los feudales, quienes desde entonces tuvieron las manos libres para organizar y explotar América según patrones de racionalidad feudal; y no, moderna. A defecto de un poblamiento colonizador productivo, una clase dirigente criolla de raigambre cultural feudal nació como descendencia de los españoles y se desarrolló desde entonces en América hispánica, con veleidades de “burguesía compradora”. Así llegamos a las asonadas criollas de 1810.

 

(3)   Período de los independentistas (1810-1852)

 

Cuando las circunstancias externas e internas les fueron propicias, los criollos se rebelaron contra el poder centralizador peninsular, proclamando la independencia política de las colonias. Muchos de ellos se conocían como “los patricios”, porque se sentían padres de la patria naciente desde 1806/1807. La “revolución de las trenzas”, que el Presidente Rivadavia reprimió con fusilamientos de patricios, es un episodio que merece análisis y reflexión. Finalmente, a guisa de Patria nueva, en gran medida el movimiento independentista no produjo sino una forma de continuidad de las estructuras feudalizantes españolas, bajo oropeles republicanos. Existían, sin embargo, republicanos auténticos, tal un Mariano Moreno, un Juan José Paso, French, Beruti y otros. La generación llamada de 1838 se inscribe en este línea republicana. Pero lo que predomina en el periodo de los independentistas es la continuidad de la cultura feudal de los conquistadores hispánicos, bajo la modalidad de una preferencia por la monarquía (José de San Martin, Manuel Belgrano, Bernardino Rivadavia y numerosos otros), por los caudillismos (Facundo Quiroga, Juan Manuel Ortiz de Rosas y muchos otros). Predominó el rechazo del poblamiento productivo con inmigrantes europeos, negándoles el acceso a la propiedad de la tierra si por acaso llegaban; o bien, haciéndoles la vida difícil. Las tentativas de las pocas familias de colonos británicos e irlandeses que llegaron para establecerse productivamente en el campo argentino en la década de 1820 (Monte Grande), fracasaron en gran parte; y su fracaso obturó la continuidad de este flujo.

La mayoría de los independentistas se caracterizó por el predominio, en ellos, de una racionalidad rentista o de caza y rapiña, militarista, autoritaria, verticalista, pre-industrial y pre-republicana, propia de la cultura feudal heredada. Su Ilustración a la europea, su adhesión a la franc-masonería y su general sumisión a una potencia colonial en expansión, de ideología liberal, no modifican el perfil de base de esta nueva clase emergente, la de los independentistas criollos. No eran revolucionarios a la francesa, sino tan solo independentistas de cultura feudalizante en busca de un recambio de Metrópolis que les fuera favorable. Sus feudos criollos tomaron el nombre de república; en rigor, frecuentemente no fueron sino asociaciones precarias de feudos caudillistas. No es por acaso que Simón Bolívar se apoyara en las Legiones Británicas (5700 militares, en mayoría veteranos de las guerras napoleónicas), cuya intervención fue decisiva para imponer la causa criolla a los realistas. Tampoco sorprende el que fuera más tarde dejado de lado por otros feudalizantes colombianos, como solía ocurrir antaño entre Señores feudales ambiciosos y recelosos; cada uno, de su feudo. No es tampoco incongruente el que el General San Martín se preparara para establecer su último retiro en Inglaterra, metrópolis colonialista, para escapar a la ola republicana que agitaba Francia (1848); la muerte lo sorprendió en el puerto de Boulogne sur Mer, sin alcanzar a realizar este deseado proyecto. El caudillo latifundista Juan Manuel de Rosas tuvo más éxito: tratando de huir del país, fue prestamente acogido por los representantes de la fuerza británica en Buenos Aires y logró refugiarse en Inglaterra, potencia colonial. En el combate de Obligado, más que expulsar a las potencias coloniales, este caudillo bonaerense buscaba obligar a Inglaterra a negociar solo en Buenos Aires, con el Señor de este feudo; no fue un combate por la soberanía de la nación argentina, sino por la preeminencia absoluta del caudillo de  Buenos Aires por sobre el resto de los feudos caudillistas provinciales. Los ingleses continuaron estando bien implantados en el puerto de Buenos Aires, después de aquel combate, donde fundaron una proto-Bolsa de Comercio. Por su lado, la oligarquía bonaerense no sometida a este Caudillo, que ocupó el poder bonaerense luego de la batalla de Caseros, se revistió de Ilustración, sin desviarse sin embargo de su objetivo principal: el mantenimiento del poder en sus manos feudalizantes. Estos Señores eran serios: ¡no se juega ni al republicanismo ni a la democracia con sus feudos! Todas estas actitudes no son anecdóticas, sino características de una cultura arcaizante, de élites feudalizantes. Es lamentable comprobar que estas historias y actitudes se repitieron frecuentemente a lo largo de las antiguas colonias españolas de América. Más que a la retórica de los discursos y los escritos que dejo esta gente, son sus hechos los que nos hablan con elocuencia.



(4)  Período de la Confederación argentina (1852/1859)

 

El nombre de Confederación existía previamente a su instauración real. El caudillo de Buenos Aires, J.M. de Rosas, nunca permitió su constitución efectiva, ni su funcionamiento, a fin de imponer la preeminencia y supremacía de su feudo bonaerense por sobre el resto de los feudos caudillistas del interior del país del Plata. De manera semejante nacieron los reinos feudales de la Europa bárbara, a partir de la expansión de un feudo a expensas de sus vecinos o, como fue el caso del caudillo de Buenos Aires, por sumisión progresiva al Regidor, o sea, el Señor feudal que eligieran para representarlos. Es bajo el imperio de este Gran Señor Feudal que se confirma y consolida el modelo asimétrico de país que subsiste hasta hoy, donde un centro urbano portuario domina, somete y explota las periferias productivas del sistema, situadas en el interior del país. Los caudillos del interior terminaron coaligándose para terminar con este dominio porteño abusivo, injustificado y perjudicial para el interior. La alianza de esta coalición con el Brasil y el Uruguay prefiguraba el proyecto de unión económica y aduanera con nuestros vecinos; cosa que el Mercosur concretizó más de un siglo después. Los tiempos de la formación de nuestro país son lentos, interrumpidos por episodios paroxísticos breves.

La corriente modernizante y republicana que promovió eficazmente la constitución real de la Confederación (1852/1859) representaba una ínfima minoría en la sociedad argentina de la época. Esta minoría constituyente fue rápidamente sofocada por la marea de los feudalizantes, compuesta tanto por los más retrógrados caudillos provinciales, como por los más cultivados feudalizantes ilustrados, tal el grupo porteño liderado por Bartolomé Mitre. Esto explica la brevedad del único período constituyente sinceramente federal y verdaderamente republicano que haya tenido la Argentina (1852/1859).

La batalla de Pavón (1861) pone un punto final a la malograda tentativa del grupúsculo de dirigentes modernizantes Urquiza-Alberdi-Cullen, que aspiraban hacer del Río de la Plata una nación pionera, poblándola con nuevos contingentes de familias europeas modernas a las que se les daría acceso a la propiedad de la tierra. Según lo sucedido en otros países cuya formación y desarrollo fueran impulsados por una inmigración masiva de familias pioneras europeas, el desarrollo agrícola y artesanal que los colonos produjeron promovió el crecimiento de un lozano y expansivo mercado interno y, gracias al ahorro agrario, autofinanciaron el comienzo de la industrialización en esos países. Las inversiones extranjeras llegaron después que los capitalistas hubieran cobrado confianza en la solidez y estabilidad de este sistema. Este modelo de desarrollo social y económico, basado en la agro-exportación auto-industrializadora, cuya dependencia exterior es progresivamente remplazada por el desarrollo de un fuerte mercado de consumo interno, tuvo lugar en los Estados Unidos, en el Canadá angloparlante, en el Quebec, en Australia y Nueva Zelanda, así como en el Brasil del Centro Sud (centrado en São Paulo). En estos países, la colonización masiva con madres de familia europeas modernas –es decir, portadoras de la cultura modernizadora del Renacimiento- fue la base humana que permitió su emergencia, como países fuertes y ricos.

Era también el modelo al que aspiraba la terna mencionada, Urquiza-Alberdi-Cullen; pero en las tierras del Plata el lastre feudal hispánico heredado fue más fuerte e impuso el modelo feudalizante, dando término a este brevísimo periodo de la Confederación Argentina. A partir de 1859 y más netamente después de la batalla de Pavón (1861) se inicia un período dominado por mentalidades feudalizantes rioplatenses.

El largo período de los feudalizantes no ha sido superado aún, a nuestro juicio. Para su análisis desde el punto de vista de los pioneros agrícolas, puede ser dividido en dos épocas distintas, marcadas por líneas de fuerza comunes que permiten reunir ambas bajo el mismo calificativo de feudalizantes. Explicaremos estas características en los parágrafos siguientes.

 

 (5)  Período feudalizante oligárquico (1859 / 1943)

 

Desde su secesión en septiembre de 1852 el Estado de Buenos Aires, dominado por una élite oligárquica ilustrada, buscó imponer al país el dominio porteño, dando así continuidad al rosismo centralizador; con la enorme diferencia respecto al Señor Feudal, que el país se abrió al exterior, irreversiblemente. Han logrado su propósito dominador y este predominio centralizador porteño continúa vigente hasta hoy día. Veamos cómo y por qué esta apertura al exterior y esta centralización jacobina no cambió la naturaleza feudalizante de la racionalidad ni de la cultura de las élites oligárquicas.

La política de poblamiento con familias de colonos europeos había sido inaugurada por los pro-hombres de la Confederación -Alberdi, el ideólogo; Urquiza, el ejecutor-. La idea era de ceder, vender u otorgar, en propiedad, tierras agrícolas a dichas familias. El vasto país permanecía despoblado e inculto, y la mitad del territorio estaba bajo el dominio de las poblaciones pre-americanas. La política de poblamiento con familias europeas recelaba un propósito de extensión de la soberanía efectiva de la Argentina a la totalidad del territorio, gracias a la acción expansiva de los pioneros agrícolas. Es lo que sucedió en América del Norte y que sigue ocurriendo en el Brasil.

Los dirigentes feudalizantes ilustrados que desalojaron del Poder al grupo de Urquiza y Alberdi, mantuvo abiertas las puertas del país a la inmigración europea, aunque con una diferencia fundamental. Cerraron u obstaculizaron la adquisición de la propiedad de la tierra a los inmigrantes europeos. En cambio, canalizaron los contingentes que iban llegando hacia las estancias de la oligarquía, para que allí labraran la tierra en calidad de arrendatarios o medieros, con la obligación de dejar la chacra al cabo de tres a cinco años, dejando las parcelas sembradas con alfalfa. Los europeos venían en orden disperso y expulsados por la pobreza, si no por la miseria en Europa; de modo que debían aceptar esas condiciones draconianas o retornar a sus países de origen. Sobre una población criolla de un millón seiscientos cincuenta mil personas en 1869, arribaron a los puertos argentinos casi diez millones de inmigrantes gringos, es decir, europeos. La mitad de ese contingente de millones de inmigrantes dejó el país por el Brasil o los Estados Unidos, o bien, regresó a su país de origen debido a las dificultades montadas por la oligarquía dominante, destinadas a evitar que tuvieran acceso a la propiedad de la tierra, debido asimismo a la prohibición de que se armasen contra los indios –la inversa de lo que hicieran los otros países nuevos con sus inmigrantes-. Estas políticas agresivas hicieron que una gran parte de los inmigrantes no pudiera establecerse firme y ventajosamente en ninguna parte, en nuestro país. De los casi cinco millones que se establecieron, una mayoría lo hizo en los puertos, aumentando así la población urbana de esas ciudades portuarias. Otra parte, minoritaria, se conchabó como arrendatarios, medieros o braceros en el campo. Sólo algunas iniciativas aisladas de colonización planificada dieron acceso a la propiedad de la tierra. Es de destacar la treintena de colonias agrícolas judías establecidas por un magnate de los ferrocarriles, el Barón Hirsch. También se destacan la colonización galesa del Chubut y la de los oasis irrigados. Así como las colonias piamontesas, friulanas, vascas, auvernias y de otros orígenes establecidas en región pampeana, en el Chaco y en el Litoral. Sin embargo, una gran parte de los gringos del campo no tuvo acceso a la propiedad de las tierras que laboraban o cosechaban. A pesar de esto, esta masa de inmigrantes europeos malquerida y maltratada, ignorada en la gran ciudad, que vivía generalmente en la precariedad, realizó la revolución agrícola argentina.

Este punto no es de detalle, sino central para la historia actual y futura de nuestro país, porque trasunta una larga historia de poder abusivo por parte de los feudalizantes. Aquellos pioneros de la revolución agrícola dejaron una descendencia igualmente motivada por el espíritu pionero, imprescindible para producir los fenómenos de frentes de expansión agrícola de exportación capaces de sostener, a la vez, la expansión del mercado de consumo interno y una industrialización que responda a dicha demanda interna. Es el modelo, ya mencionado, que hizo ricos y dinámicos a los Estados Unidos, el Canadá, Australia, el Centro-Sud de Brasil[1]. Impidiendo el acceso a la tierra y a las armas, la oligarquía argentina logró malograr la pujanza gringa, que en cambio encontró terrenos propicios en América del Norte, en el Brasil, en Australia, Nueva Zelanda. La Campaña del Desierto fue hecha por un ejército criollo al servicio de la oligarquía criolla. Las tierras conquistadas a los indígenas fueron distribuidas entre los militares, carentes en su mayor parte de condiciones de pionerismo agrícola; también fueron otorgadas a comerciantes y capitalistas allegados al poder.

Sin embargo, la pujanza creadora y productiva de los gringos del campo era evidente e insoslayable, ya a principios del siglo pasado, dado el peso demográfico de la inmigración sobre la población total del país. Se llegó a un tal desequilibrio entre las dos poblaciones, la criolla y la gringa recién llegada, que la cuestión de la identidad hubiera podido ser replanteada. En un país nuevo, moderno e integrador como los antes mencionados, esta cuestión sería ociosa: nacional es todo aquel que desee serlo, si vino para labrar y paga con su trabajo la tierra, que la posea por compra o por conquista. Pero en el Plata, esta cuestión tomaba un cariz problemático, porque coexisten dos culturas que, en Europa, fueron enemigas y una de ellas venció a la otra, salvo en España. Son respectivamente las culturas moderna y feudal. En los Estados Unidos, los colonos dejaron el feudalismo a sus espaldas, en el Viejo Continente; pero una supervivencia post-feudal y proto-capitalista se desarrolló con el sistema de plantaciones esclavistas; el diferendo cultural fue dirimido en una Guerra de Secesión que duró cuatro años (1861/1865), produjo unas 700.000 víctimas y permitió al sector más progresista, el de los chacareros e industriales, implantar el modelo yankee, productivista, de sociedad, con los resultados conocidos. Respecto al Brasil, los portugueses habían superado la barbarie del feudalismo militar, adoptando la agricultura y la cultura del trabajo desde el siglo XIII; cosa que hubiera espantado al caballero feudal castellano. Llegados al Brasil, los portugueses desmontaron los bosques y pusieron las tierras a producir bienes agrícolas de exportación bajo sistemas de producción industrial en gran escala, que ellos habían inventado en las Açores y Cabo Verde decenas de años antes de descubrir América (década de 1460). Para desarrollar en tierras americanas su modelo productivo de agricultura industrial de exportación, desde el siglo XVII -pero màs intensivamente a lo largo del siglo XVIII- organizaron o permitieron una masiva emigración de familias portuguesas hacia el Brasil, en su mayoría labradores. A la par, también importaban masivamente prisioneros africanos, sometidos al trabajo agrícola esclavo en las plantaciones industriales costeras, tanto en el Norte y el Nordeste como en el Centro-Sud. La posterior apertura de este país al capitalismo moderno y a la inmigración europea para que adquirieran tierras en propiedad era, pues, algo natural en su cultura no-feudal. No hubo necesidad de una guerra civil para ello. Así, São Paulo, sede de un capitalismo agrícola moderno, sin esclavos pero con una masiva inmigración europea, se impuso casi sin violencias a la vieja aristocracia proto-capitalista de Rio de Janeiro.

Pero en la Argentina, las élites eran criollas de origen cultural feudal hispánico y ejercían sus actividades dentro de los valores de la racionalidad feudal: vivir de rentas y del trabajo ajeno, mal pago; poseer un máximo de territorio para maximizar los ingresos producidos por un trabajo poco intensivo y de bajo nivel tecnológico; establecer relaciones de cuasi esclavitud en estancias y plantaciones -mi madre, hija de plantadores correntinos, conoció personalmente este régimen-.

Frente al “aluvión” inmigratorio europeo, que valoriza rápidamente con su trabajo productivo esas tierras feraces que los feudales españoles y sus descendientes y herederos culturales, los criollos, nunca habían trabajado, devino notorio que la riqueza y el desarrollo provenía, en la Argentina, de las familias gringas, especialmente las del campo.

Si riqueza es poder, seguramente las élites criollas dominantes se habrán preguntado, inquietas, ¿cuándo estos gringos van a rebelarse y tomar el poder? ¿Cuándo van a destruir nuestras estructuras feudalizantes y van a instalar un sistema moderno, que no es el nuestro? La parada a estos riesgos tomó varios caminos; el dominio de las Fuerzas Armadas, los golpes de Estado, el fraude “patriótico”, el permitir a ciertos gringos -aventureros, oportunistas y personalidades- el acceso, por vía morganática,  a los círculos decisivos de la oligarquía. Pero una parada de genio, perniciosa, perversa, perdurable, fue la impostura cultural respecto a la identidad nacional: ¿Qué es un argentino? ¿Es el criollo fundador? ¿o el gringo y su descendencia, que es “argentino por casualidad”[2]? La nueva situación demográfica y económica amenazaba la continuidad del dominio de la oligarquía criolla, cuya proporción numérica disminuía a medida que iban llegando nuevos contingentes de inmigrantes gringos. Esto explica que fuera la oligarquía terrateniente quien pergeñara y difundiera la ideología criollista.

Según esta ideología el argentino por antonomasia es el criollo, no el gringo ni su descendencia, quienes fueran “acogidos generosamente” por los auténticos argentinos, en el país criollo que los gringos no fundaron y adonde desembarcaron “para matarse el hambre”, “con una mano atrás y otra adelante”. Este paradigma del argentinismo se encuentra en el Martín Fierro, poema gauchesco escrito por un terrateniente que, en buen criollo, era crípticamente xenófobo –esa xenofobia ordinaria que es propia de la cultura feudal, insuficientemente apta para integrar al extranjero-. La ideología criollista nos enseña que la música “argentina” es el folklore criollo. Todos estos valores sesgados alimentaron las juventudes de la oligarquía y en cierta medida la de las Fuerzas Armadas. Lo verdaderamente grave es que esta ideología fuera transmitida a nuestra infancia por el sistema de la Educación Pública y, más tarde, por el movimiento peronista, el cual deja ver en esto sus fuentes culturales criollistas.

Una de las consecuencias concretas de esta distorsión de la realidad social y cultural argentina es que el gringo del campo fue y continúa siendo “ninguneado” en su propio país, desde las ciudades contaminadas por la cultura criollista. El gringo es así ignorado, si no denostado por los habitantes de las grandes ciudades que, sin embargo, deben a su trabajo productivo rural el origen de las riquezas urbanas. La mala fe urbana es aquí tan evidente, como lo es su alto grado de intoxicación ideológica criollista y feudalizante.

El criollismo, la estancia, el latifundio, la obstaculización de un desarrollo capitalista moderno, la ausencia de una reforma agraria para los agricultores modernos, mayoritariamente gringos, son todos síntomas de lo feudalizante que impregnó la cultura dominante en la Argentina durante casi un siglo (1852/1943).  Los golpes de Estado, el verticalismo de las instituciones políticas y el caudillismo también lo son.

Es obvio que durante el largo período de dominación de los feudalizantes oligárquicos han ocurrido sucesos importantes, que modifican o matizan el esquema muy sucinto y simplificado que estamos exponiendo. No obstante, estas modificaciones no serían tan profundas que pudieran demostrar la falsedad o inutilidad de la caracterización que hacemos del periodo posterior a la Confederación Argentina. La cultura feudalizante de la oligarquía, heredada de los independentistas, quienes a su vez la recibieran de los españoles coloniales, ha creado las condiciones para que la ideología criollista eche raíces en las grandes ciudades argentinas. Entre otras implicancias, este enraizamiento ideológico facilitará en el periodo siguiente las prácticas que esquilman los ingresos de los agricultores, operadas sistemàticamente por las funciones de las cadenas de productos agro-exportables situadas en la gran urbe (en claro, lo que el chacarero vende por cien, se paga quinientos u ochocientos en la consola del supermercado urbano). Es pràctica universal la extorsión a los productores rurales, que es ejercida corrientemente en todas o casi todas las cadenas de producto -o de valor, como se prefiera enfocarla-, por las funciones situadas aguas abajo del campo agrícola de producción: transporte, acopio, transformación o acondicionamiento, seguros, impuestos, tasas y retenciones, exportación, mercados a término. Obsérvese que la mayoría de las funciones mencionadas residen en la ciudad, no en el campo, cualesquiera fuere el país de producción. La singularidad de la Argentina, potencia agrícola mundial gracias principalmente a la actividad productiva de los gringos del campo, estriba en que esta extorsión del productor rural deviene confiscación y humillación encarnizada. ¿No es esto muestra del sesgo feudalizante con el que sigue funcionando nuestra sociedad? Como veremos en el paràgrafo siguiente, “gorilas” y peronistas se hermanan en esta actitud de subestimación, vejación y explotación del gringo del campo, porque pertenecen al mismo universo feudalizante y se nutren de una misma fuente ideológica anacrónica y arcaizante, la de la Patria fundacional.

Resumiendo, esta sociedad está atravesada por tres grandes contradicciones: (a) la patria fundacional criolla, feudalizante, contra la patria moderna, obra de la gringada productiva integrada a la población autóctona; (b) el centro portuario contra sus periferias productivas; (c) las clases ricas urbanas contra el proletariado urbano y rural. Los nacionalismos actuales y pasados, de origen y contenido ideológico muy diverso en la Argentina, tienden a favorecer los primeros términos de estas contradicciones. Puede y debe surgir otro tipo de nacionalismo y tal vez otras proposiciones ideológicas y políticas diferentes, más acordes con la realidad socio-económica del país. Veremos en el parágrafo siguiente que esta transformación profunda de la identidad nacional, de las instituciones y de las fuerzas cívicas más influyentes no ha ocurrido aún y está culturalmente bloqueada, frenando y distorsionando el desarrollo del país.



(6)  Período feudalizante popular ( 1944 / 2012...)

 

La oligarquía feudalizante ilustrada, que dominó la escena nacional desde 1859, debió ceder el cetro de la conducción del país a la corriente popular, en un proceso a veces cataléptico que comenzó con un golpe de Estado el 4 de junio de 1943. Uno de los eminentes jefes militares de aquel levantamiento era Juan Domingo Perón Sosa, ya golpista de derechas desde 1930. Perón Sosa era tan criollista como los oligarcas que él y su criolla esposa María Eva Duarte combatieron acerbamente. Su combate redistribucionista olía a vindicta pública y a revancha personal por parte de una clase criolla pobre y secularmente oprimida, reaccionando justamente contra sus antiguos señores feudales. Este combate, justo respecto al criollo sometido y explotado, ignoró sin embargo -y sin inocencia- el problema grave que planteaba el criollismo desde hacía décadas; es decir, la denegación de entidad y de poder que la ideología criollista implicaba respecto de la población de origen gringo, numéricamente mayoritaria en el país. Para combatir las injusticias sobre las que se asentaba el poder de los Señores feudalizantes criollos, estos conductores populares aplicaron leyes de justicia social absolutamente necesarias -algunas de ellas preexistían a la llegada al poder de esta pareja; su mérito fue el obligar a su aplicación efectiva-. El lado obscuro de este poder justicialista fue la cooptación de numerosos dirigentes sindicales, entre ellos Borlenghi, interrumpiendo durablemente en la Argentina las actividades obreras de lucha de clases organizada. Para ello introdujeron una concepción fascista, de cooperación de clases y de corporativismo administrado desde el Poder, que permitió efectuar dos maniobras simultáneas: la discriminación positiva de sindicalistas de origen criollo y la sujeción del sindicalismo argentino al Poder del Estado criollista. Bajo la concepción fascista de administración estatal de la lucha de clases se escondía y vehiculaba una actividad justiciera criollista. Es decir, era algo justo en sí mismo. Pero dejaba sin respuesta a otras necesidades apremiantes para el desarrollo del país: nada hacía por la emergencia de un capitalismo moderno desde las bases gringas disponibles en el campo, ni por el acceso a la propiedad de la tierra por parte de una clase de productores rurales modernos, ni por la industrialización espontánea generada por el desarrollo de los frentes de expansión pionera de la agricultura de exportación, ni por el federalismo económico al que aspiraban legítimamente las campañas provinciales. La industrialización substitutiva tuvo un motor voluntarista estatal, que engendró una industria nacional poco competitiva. Y el esquema en centro abusador y periferias esquilmadas no sólo no fue modificado, sino intensificado por el ejercicio del centralismo, las mejoras salariales urbanas y la concentración urbana de los ingresos por la exportación de productos de origen rural. Esto provocó la implantación desmesurada de la población criolla proveniente de zonas deprimidas, en el sitio central del sistema, donde continuó siendo retenida la mayor parte del valor producido y exportado por las periferias rurales productivas, en su mayoría gringas.

Bajo los gobiernos peronistas sólo hubo la promulgación de un Código Rural sin grandes transformaciones respecto a la propiedad de la tierra agrícola, sino que congelaba los arriendos, sin la reforma agraria que esperaba ansiosamente la gringada del campo. El Estatuto del Peón Rural interesaba preferentemente a la población criolla de las campañas. Pero nunca hubo una verdadera reforma agraria para distribuir las tierras feraces a los hijos de agricultores modernos, a los pioneros de los frentes de expansión que, en su mayoría, eran gringos hijos de gringos. Esta discriminación negativa del inmigrante europeo, esta política cripto-étnica retrógrada no era inocente, sino la continuidad del mundo feudalizante de los fundadores de la Nación. Toda vez que hubo un proyecto de reforma agraria, éste fue bloqueado; la última tentativa de impulsar un proyecto de esta índole fue promovida por fuerzas jóvenes durante el período del Presidente Campora y su Secretario de Agricultura, Ing. Agro. Horacio Giberti. Este proyecto no era en realidad una redistribución de tierras, sino que estaba ligado al concepto de “renta potencial de la tierra”; era un proyecto tibiamente reformista. Evidentemente, esta tentativa también fue bloqueada desde altas esferas del peronismo: ¡Nunca! ¡Jamás ceder a la pujanza gringa del campo! ¡Nones a la emergencia de una verdadera burguesía nacional! ¡Que los criollos fundacionales sean siempre los primeros! Para lo cual había que conservar su ecosistema social arcaizante. Porque otra característica criolla que hace del peronismo un movimiento feudalizante es el caudillismo, los punteros, la verticalidad en las organizaciones sociales y políticas. Este es un vicio ancestral (feudal), que gangrena y falsea la democracia argentina. Nunca hubo reforma agraria oligárquica ni autorización para conquistar tierras del indio, por razones obvias: hubiera sido antitética con la hegemonía de las clases feudalizantes fundadoras de este país sub-hispánico. Porque una reforma agraria hubiera sido regalar a un sector ajeno a las preocupaciones criollistas –los gringos del campo- un nuevo poder económico que hubiera podido devenir poder político, desalojando y destruyendo así el esquema de poder criollo de los independentistas, los Padres de la Patria arcaica. El peronismo tampoco promovió la reforma agraria, probablemente por las mismas razones arcaizantes y etno-céntricas.

Al mismo tiempo que se manejaba el campo de esta manera sesgada, “ninguneando” a los pioneros agrícolas modernos del país, la cultura y la lucha sindical, que había sido obra de gringos en la Argentina, fue también desviada en el mismo sentido criollista. La nueva política sindical del gobierno peronista (1944/1955) permitió excluir de la arena cívica a la vieja dirigencia sindical, de origen gringo (la CGT fue fundada en 1892 por obreros europeos de Buenos Aires); a la sazón, el peronismo reprimió severamente a los sindicalistas gringos recalcitrantes.

Para consolidar esta ofensiva, ambos personajes –Perón y Evita- crearon un movimiento político que responde a la sensibilidad de un pueblo sujeto de larga data a regímenes feudales: movimiento carismático y personalista, de justicieros medievales y vindicta pasional; nada que ver con una lucha de clases organizada, ni con las aspiraciones de la gringada argentina. Este movimiento rezuma criollismo y se inspira en él, recuperando para sí y diluyendo en un nacionalismo fundacional el potencial moderno que tiene la lucha de clases en el capitalismo. La social-democracia es fruto de la lucha de clases, la cual no necesariamente lleva a una revolución violenta en una sociedad moderna. Sí, en cambio, en sociedades feudales o arcaicas como la Rusia zarista, la China de los mandarines, el Viet-Nam colonial.

Es de recordar que el criollismo caudillista, alma oculta del peronismo auténtico, es una fabricación ideológica de la oligarquía feudalizante argentina, destinada a “ningunear” al inmigrante europeo, el gringo, quien sin embargo fue el motor de la revolución agrícola argentina, el iniciador del crecimiento acelerado de la economía en las primeras décadas del siglo XX y el principal protagonista del comienzo de la industrialización argentina, actividades todas que escapaban a la esfera cultural de la población criolla, tanto la modesta como la ilustrada y rica. El criollismo, que sea oligárquico o popular, es destituyente de los aportes y negacionista de la identidad del gringo en esta sociedad, a pesar de que sean mayoría.

La oligarquía cesó de ejercer un rol hegemónico en la Argentina, por causas que no es propósito analizar en esta nota; pero su arma ideológica, el criollismo, fue recuperada por el peronismo y subsiste en él: hubo un período de hegemonía de los feudalizantes oligarcas (“los gorilas”, en la jerga de la época peronista); hubo y persiste hoy una hegemonía de los feudalizantes populares: seguimos viviendo en el pasado. Porque ambas fuerzas tienen una raíz cultural de naturaleza arcaizante, que hace que sus confrontaciones pertenezcan a otros tiempos, no al de la modernidad.

Mientras los gringos sigan siendo “ninguneados”, no habrá burguesía nacional; en consecuencia, no habrán ni reinversiones significativas de sus lucros en el país, ni habrá una industrialización espontánea; no ocurrirá tampoco un desarrollo territorial según una trama multipolar (como ocurre en las regiones más ricas de Europa y en América del Norte). Y sin este tipo de desarrollo capitalista, no habrá nación argentina emergente, sino un paisito de nacionalismo arcaizante a la rastra de sociedades más aptas para la modernidad, menos frenadas por herencias culturales, prejuicios e intereses arcaizantes, pero con una verdadera identidad nacional moderna e integradora.  

El origen feudalizante del criollismo popular, inspirador de ese espíritu identitario y vindicativo del peronismo que lo hace pasional, visceral, explica el que sea un fenómeno anómalo y anacrónico para las democracias capitalistas: no es ni un fascismo ni un socialismo ni nada que pueda ser considerado moderno. En consecuencia, resulta incomprensible para las mentes europeas actuales.

Mismo desde el interior de la sociedad argentina, este movimiento identitario típicamente argentino no podría ser aprehendido y comprendido en su críptica esencia arcaica, sin el auxilio de una nueva lectura de la historia regional y local que nos habilite a identificar, discernir y describir los diferenciales culturales (la cultura enfocada como sistema -social y evolutivo- de percepciones y respuestas de un grupo humano). Este nuevo tipo de lectura de la historia del Plata pondría en evidencia el predominio y la continuidad de la cultura feudal hispánica en la formación de la identidad, de las estructuras y de las instituciones del Río de la Plata aún vigentes y, más generalmente, de la América de origen español -tal vez con la excepción de Chile y su extensión cis-andina (Cuyo), única región sudamericana que recibiera una colonización con familias de labradores españoles; es decir, no feudales sino de cultura productiva-.

Por todas estas razones, el movimiento peronista puede genuinamente ser inscripto en la esfera cultural del criollismo y, por ende, dentro de la corriente feudalizante, fundacional del país. El sentimiento peronista es visceral, pasional, porque sirve de refugio ideológico para los criollos humildes marginalizados por la sociedad oligárquica, al mismo tiempo que es un refugio psicológico desde el cual resistir a una imaginaria enajenación destitutiva de la identidad criolla concebida como quintaesencia de la argentinidad.

Esta visión negativa y perniciosa para la integración del gringo y de su racionalidad moderna fue vehiculada por el criollismo oligárquico durante casi un siglo; criollismo que estructura el sentimiento peronista de una manera críptica y de soslayo.

Desde este punto de vista, que es crucial para la integración de toda la población, que sean de cultura gringa, criolla o autóctona –hoy, muy entrecruzadas-, el período dominado por el fenómeno peronista es, pues, una continuidad del que comenzó en 1859, con la hegemonía de la oligarquía feudalizante ilustrada que inventó el criollismo para no integrar al gringo. El peronismo es un tipo de criollismo de los humildes, que concierne y pertenece a una vieja “interna” del régimen feudal heredado y transformado por los independentistas argentinos y sus continuadores en cultura e ideologia feudalizante. En este contexto, el peronismo representa las justas reivindicaciones de los sometidos por el sistema feudal. La modernidad introducida por la masiva inmigración europea pertenece a otro universo temático, social, cultural y económico, a otras circunstancias históricas que la alejan de la lucha que se libran mutuamente peronistas y “gorilas”, lucha entre facciones feudalizantes, arcaicas por cierto.

En conclusión, el país moderno es una construcción inacabada y defectiva, porque aún no existe una verdadera burguesía nacional. O sea, todavía no existe un predominio neto de la racionalidad moderna contenida en las culturas modernas aportadas por los gringos. El predominio de una cultura de la modernidad, para ser eficaz en términos de desarrollo, debe instalarse en las instancias de conducción de las principales instituciones del país, tanto públicas como privadas, tanto civiles como armadas. Pero esto requeriría una transformación profunda de la racionalidad económica, de la narración histórica y del discurso político, tanto el oficial como el privado. Recordemos que según los ideólogos del comunismo, el socialismo adviene solamente en una sociedad capitalista desarrollada; según los mismos ideólogos, el comunismo advendría mucho más tarde, como superación del socialismo. Una mayoría de pensadores de distintas vertientes ideológicas, comprendiendo las màs opuestas, convergería hacia una misma conclusión : hay que comenzar por un auténtico desarrollo capitalista moderno, gracias a la acción de una fuerte burguesía nacional de racionalidad moderna, que se construya desde una nube de PME nacionales (pequeñas y medianas empresas), que opere como un seguro defensivo contra las internacionalizaciones intempestivas y dependizantes. Brasil posee estas condiciones: sin una burguesía nacional argentina, ¿para cuàndo la “Argentina, dependencia brasileña”? Los feudalizantes independentistas nos dependizaron a la Gran Bretaña; los feudalizantes oligàrquicos confirmaron estos vínculos perniciosos para la emergencia de un capitalismo de burguesía nacional; los feudalizantes populares ¿dónde creen que nos estàn llevando? Los émulos de la “generación del 70”, en su mayoría emergencia desordenada de afirmación identitaria de una tercera generación gringa, ¿podràn tomar consciencia de esta problemática? Porque si en la Argentina no existe una verdadera burguesía nacional, si los burgueses argentinos son expatriadores metódicos de sus economías y ganancias, si la reinversión nacional privada no es suficiente para desarrollar el mercado interno, es porque la sociedad argentina sigue bajo el dominio de los feudalizantes (oligarcas o populares) y no ha cobrado consciencia, quizás por esta misma razón, de la contradicción fundamental que existe entre criollismo y modernidad, entre nacionalismo feudalizante y burguesía nacional, entre caudillismo y pionerismo moderno.

El reciente artículo de Rolando Hanglin publicado en el cotidiano La Nación el 4 de Septiembre pasado, comenta trabajos publicados por dos autores actuales -Juan Bautista Sejean (1997) y Antonio Calabrese (2012)-, sobre el presunto rol del general José de San Martin en la historia sudamericana. Estos puntos de vista no son incompatibles con la lectura de nuestra historia que acabamos de esbozar aquí, a trazos groseros y aproximativos. Los autores mencionados no están lejos de arrimar materiales probatorios que, de ser verificados como válidos, podrían conducir a una línea de lectura histórica que revisaría la entera formación de nuestra nación y de sus instituciones, desde sus fundamentos. Así, el relato histórico de nuestra identidad dejaría de ser el que nos legaron los feudalizantes; y esta revisión podría permitirnos abrir el paso hacia otro relato de nuestra historia que se proyecte sobre otro avenir, otro proyecto de sociedad, más conforme con la realidad sociológica del país. Al reformular la historia, se rectifican líneas y componentes importantes de la identidad nacional. Ahora bien, si se refundara la identidad nacional en base a componentes culturales e históricos superadores de la racionalidad y de la cultura feudalizante, se abriría la posibilidad de otro modo de funcionamiento de la sociedad, otras mentalidades, otras racionalidad económica. Y con una nueva racionalidad económica liberada del lastre feudal y caudillista, esta sociedad podría devenir, a mediano y largo plazo, un nuevo país emergente en el concierto mundial ¡Nada menos que esto!









[1]Cf. BARTOLUCCI,Ivan Jorge: “Pioneros y frentes de expansión agrícola”, editorial Orientaciones, 300 pág., Bs.As., 2011.

 
[2] Frase escrita en un editorial por el entonces dueño del vespertino La Razón (Bs.As.), de apellido criollo de alcurnia -Peralta Ramos-, a propósito del Presidente Arturo Frondizi, nacido en la provincia de Corrientes.